Regreso a Tlatelolco

Cd. de México.- Era jueves 3 de octubre de 1968. Elena Poniatowska, reportera de Novedades, con 36 años y un hijo recién nacido, se levantó temprano para recorrer la Plaza de las Tres Culturas.

En Tlatelolco, la periodista encontró un “estado de sitio”: camiones del Ejército, tanques, soldados apostados en todos los rincones del conjunto habitacional, trabajadores limpiando la explanada manchada de sangre, vidrios rotos en los locales de las plantas bajas de los edificios, y decenas de zapatos tirados en las jardineras de la zona arqueológica.

Los periódicos del día reportaban que en el lugar se había librado un “enfrentamiento” entre el Ejército y estudiantes, a quienes llamaban huelguistas, terroristas, francotiradores… “Tlatelolco: campo de batalla”, tituló El Universal. “Recio combate al dispersar el ejército un mitin de huelguistas”, encabezó Excélsior. “Muchos muertos y heridos. Balacera del ejército con estudiantes”, reportó La Prensa. “Francotiradores abrieron fuego contra la tropa en Tlatelolco”, informó El Sol de México. “Sangriento encuentro en Tlatelolco. Represión inmediata de disturbios y escándalos”, advirtió El Heraldo.

En realidad, se había tratado de un enfrentamiento entre el Batallón Olimpia (un cuerpo de militares vestidos de civil) y el Ejército. Una operación orquestada para disolver el movimiento estudiantil que, desde mediados de julio, había movilizado a miles de jóvenes en la Ciudad de México, y que el gobierno del priista Gustavo Díaz Ordaz consideraba una amenaza a los Juegos Olímpicos que habrían de inaugurarse el 12 de octubre.

Cincuenta años después de los hechos, Elena Poniatowska recuerda así aquel día: “La noche del 2 de octubre, a las 8 de la noche, quizás 8:30, me habló una muy querida amiga, María Alicia Martínez Medrano… ella y Margarita Nolasco habían estado en Tlatelolco y me dijeron: ‘es terrible, están perforadas todas las puertas de los elevadores, hay sangre en los pasillos, en las escaleras, vimos una cantidad enorme de zapatos de la gente que se iba escapando entre las ruinas prehispánicas; hay gente muerta, llovió muchísimo, durante mucho rato, agarraron y desnudaron a los líderes o a los que consideran líderes… Tienes que ir para allá'”.

La periodista había tenido a su hijo Felipe en junio, por lo que esa noche prefirió quedarse en casa, para poder ir el jueves a primera hora.

“Me fui muy temprano y todavía había tanques, estaban todos los vidrios rotos de todas las tiendas de abajo de Tlatelolco, estaban todavía los zapatos regados, estaban soldados, tanques, y recuerdo que en una caseta telefónica había un soldado que estaba diciendo: ‘ponme al niño, ponme al niño, quién sabe cuánto tiempo vayamos a estar aquí, yo quiero oír al niño, pónmelo, pónmelo’. Eso me dio también la dimensión de que incluso a los soldados les puede pasar algo que los haga sufrir, como es una orden de estar en un estado de guerra, porque aquello era un estado de sitio… yo sentí que todo el enclave de Tlatelolco estaba en un estado de guerra, me impactó mucho, y a partir de ese momento empecé a recoger testimonios…”, narra la escritora.

Casada con el astrónomo Guillermo Haro, Elena Poniatowska pudo conocer -primero en su casa- relatos de primera mano de quienes estuvieron aquel 2 de octubre en Tlatelolco.

Y después, en la cárcel de Lecumberri, recogió los testimonios de los principales dirigentes del movimiento estudiantil: Gilberto Guevara Niebla, Raúl Álvarez Garín, Luis González de Alba, Salvador Martínez della Rocca El Pino, Félix Fernández Gamundi, Eduardo Valle Espinoza El Búho, Pablo Gómez, Gustavo Gordillo…

Dedicaba los domingos a visitar a los presos políticos que habitaban las crujías de Lecumberri, a veces acompañada de su esposo, quien tenía una estrecha amistad con el historiador y filósofo Eli de Gortari, un maestro universitario preso desde septiembre del 68 por su solidaridad con el movimiento estudiantil.

“Iba los domingos a verlos y a entrevistarlos, era el día en que se podía uno apuntar para ir. Quien más me ayudó en esa época era Raúl Álvarez Garín, que reunía a muchos presos en su celda para que me platicaran. Su celda era chiquita, pero funcionaba como confesionario… Después llegaba a mi casa a transcribir todo lo que me habían contado”, relata Poniatowska.

Además de Eli de Gortari, en Lecumberri estaban presos personajes como Heberto Castillo, Manuel Marcué Pardiñas y José Revueltas, con quienes Poniatowska también habló, sobre el movimiento del 68, la represión y la censura del régimen.

Los testimonios se fueron acumulando en notas apiladas sobre la mesa de trabajo de Elena Poniatowska, pero nunca llegaron a publicarse en Novedades, el periódico de la familia O’Farrill que, al día siguiente de la matanza, había informado: “Balacera entre francotiradores y el ejército en Ciudad Tlatelolco. 25 muertos y 87 lesionados. El general Hernández Toledo y 12 militares más están heridos”.

Por esos días, previos a los primeros Juegos Olímpicos a celebrarse en un país latinoamericano, estaba en México la periodista italiana Oriana Falacci, quien acudió al mitin de Tlatelolco y resultó herida en medio de las ráfagas. Poniatowska fue a verla al Hospital Francés, entonces ubicado en la calle Niños Héroes.

“No la vi tan gravemente enferma o herida, pero sí la vi muy enojada. Todo el tiempo tratando de comunicarse a Italia para pedir que la delegación deportista no viniera, en señal de sanción y de rechazo, a los Juegos Olímpicos mexicanos”, recuerda la escritora.

Años después, Falacci (autora de Entrevista con la historia, un clásico del periodismo del siglo XX) recordaría el 2 de octubre como una masacre peor a las que vio como corresponsal en la guerra de Vietnam.

Pero su entrevista con Poniatowska tampoco fue publicada en México.

* * *

Es domingo 16 de septiembre de 2018. Elena Poniatowska, escritora reconocida mundialmente, ganadora del Premio Cervantes de Literatura, regresa a la Plaza de las Tres Culturas.

Camina por la enorme explanada, donde aún se proyecta la sombra matutina del edificio Chihuahua. Cuenta los pisos, tratando de ubicar el balcón en el que estaban los dirigentes del movimiento estudiantil aquella tarde del 2 de octubre de 1968.

Se detiene un momento frente a una estela de cantera que se levanta en medio de la plaza -un memorial con los nombres de algunos de los caídos, promovido por Raúl Álvarez Garín y el Comité 68-. La escritora lee el poema que ella misma le pidió a Rosario Castellanos para ser labrado sobre la roca: “¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. / Al día siguiente, nadie. / La plaza amaneció barrida. / Los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo. / Y en la televisión, en el radio, en el cine, no hubo ningún cambio en el programa. / Ningún anuncio intercalado. / Ni un minuto de silencio en el banquete. / (Pues prosiguió el banquete)”.

No es la primera vez que Poniatowska regresa a Tlatelolco; ha estado ahí infinidad de veces, la última, en un mitin de Andrés Manuel López Obrador. Pero camina como quien redescubre un escenario ya olvidado, tratando de ubicar el pasillo por el que se introdujo a la Plaza aquella madrugada del 3 de octubre.

Voltea a ver las ruinas arqueológicas, y recuerda que ahí estaban -tirados, desordenados- los zapatos de quienes perdieron la vida, de los que salieron huyendo descalzos.

Antes de entrar al edificio Chihuahua, voltea hacia el poniente y señala el convento de Santiago, un monumento colonial del siglo XVII, testigo mudo de la represión.

“Ahí está, abierta, la iglesia de Santiago Tlatelolco… Dicen que fueron muchos a tocar la puerta y que decían ‘¡abran, abran!’, y que nadie les abrió…”, relata.

La escritora de 86 años accede a subir tres pisos por la escalera del edificio Chihuahua, para visitar el balcón donde estaban los oradores del mitin del 2 de octubre. Desde ahí, fue visible la luz de bengala que sirvió de señal para que el Batallón Olimpia abriera fuego, provocando la respuesta del Ejército y la muerte de decenas de civiles en el fuego cruzado.

En los pasillos del Chihuahua -recuerda Poniatowska- fueron detenidos los líderes; desnudados y sometidos, antes de su traslado al Palacio Negro de Lecumberri. Otros fueron llevados al Campo Militar número 1; otros, a los separos de la Dirección Federal de Seguridad; otros, simplemente desaparecieron…

Desde el balcón se observa un altar prehispánico en forma de circunferencia, que la escritora ubica como una piedra de sacrificios. Atrás del balcón, se extienden los pasillos en los que fueron acomodados los cadáveres de los estudiantes, sacrificados aquella tarde de 1968.

“Qué traumático, ¿no?”, dice antes de echar un último vistazo a la plaza.

Al bajar del Chihuahua, la escritora camina hasta la iglesia, entra a ella y, con cierto asombro, observa la austeridad del recinto.

“Son franciscanos… pero no le abrieron a los estudiantes que les pedían auxilio”, lamenta.

Sin embargo, cuando una beata de la congregación le pide que escriba de su templo, para ver si así alguien se acuerda de donar para su mantenimiento, ella sólo sonríe, pronuncia un “sí” como mentira piadosa, y hasta accede a tomarse una selfie con la mujer, que seguramente ignora lo ocurrido en la puerta del convento hace 50 años.

Antes de que Poniatowska abandone la Plaza, se escucha el sonido de aeronaves militares que cruzan el cielo de la Ciudad de México. Arriba del edificio Chihuahua, pasan helicópteros MI-17 y Black Hawk, jets F-5E, aviones caza, cargueros y bombarderos… Es el desfile militar del 16 de septiembre.

La gente que pasea ese domingo en Tlatelolco se emociona al ver las 192 aeronaves que la Fuerza Aérea Mexicana puso a volar en el último desfile aéreo del presidente Enrique Peña Nieto.

Elenita apenas voltea a ver esas máquinas de guerra.

* * * *

En 1970, la editora Neus Espresate buscó a Elena Poniatowska para proponerle publicar, en un libro, los testimonios que había recogido sobre la noche de Tlatelolco.

La hija de Tomás Espresate Pons, un republicano español exiliado en México, publicaba obras de pensamiento filosófico, novelas y ensayos de autores principalmente de izquierda en la editorial Era, fundada por su padre, sus hermanos y el artista Vicente Rojo.

“Yo no decido hacer ningún libro, yo soy periodista; yo creía que me iban a publicar todos esos testimonios en el periódico. En esa época, yo trabajaba en Novedades, y creí que me los iban a publicar. Incluso, le hice una entrevista muy larga a Oriana Falacci, pero me rechazaron todos los artículos; los guardé encima de una gran mesa, que era una copia de una mesa diseñada por Luis Barragán, sobre la que yo trabajaba, y ahí se quedó un montonal de hojas. Se quedaron sin publicar, pero yo seguí trabajando, seguí haciendo entrevistas, seguí yendo a Lecumberri…”, recuerda Poniatowska.

Cuando Ediciones Era decide publicar La Noche de Tlatelolco, se corrió el rumor de que había llegado un anónimo a la editorial, amenazando con ponerle una bomba a la imprenta por difundir el relato del movimiento estudiantil.

Después, se dijo que lo iban a incautar en las librerías, que iban a ir agentes del gobierno de Luis Echeverría a recogerlo de los aparadores.

“Don Tomás Espresate dijo: ‘miren, yo estuve en la Guerra Civil de España, yo vi caer las bombas, yo sé lo que es pelear, y ese libro se publica’. Al final, todo eso sirvió como la mejor manera de hacerle publicidad al libro, porque en ese momento toda la gente quiso comprar uno, y entonces se agotó en una semana una edición, en otra semana la segunda edición, y así… nada mejor podía pasarle al libro”, narra.

Publicado en 1971, el libro de Poniatowska es un testimonio polifónico dividido en dos capítulos; uno sobre el movimiento estudiantil que antecedió al 2 de octubre (“Ganar la calle”) y otro sobre la matanza en la Plaza de las Tres Culturas (“La noche de Tlatelolco”).

Los testimonios recogidos por la periodista se mezclan con consignas expuestas en las mantas que usaban los estudiantes en sus marchas, encabezados de periódicos, citas de otros libros e incluso declaraciones de las autoridades recogidas en diarios o boletines oficiales.

“Fíjese que no hubo ningún proceso creativo así como tal”, confiesa la autora, medio siglo después de que aquella obra marcara para siempre -según Carlos Monsiváis- la historia de la crónica en México.

“Como casi todos decían lo mismo, repetían lo mismo, transcribí todas las entrevistas y de cada uno escogía el fragmento que a mí más me gustaba o más me emocionaba, y así, como un tejido, como quien teje una bufanda, fue creciendo el libro, a partir de mis emociones”.

Cuenta la periodista que, después de publicar el libro, un automóvil se estacionaba todos los días afuera de su casa, con cuatro sujetos a bordo que vigilaban, pero no decían nada.

“Entonces yo bajaba y les preguntaba si querían un café. Y ellos subían la ventanilla, así como para demostrarme que no eran mis cuates… yo tampoco quería que lo fueran”, recuerda.

Cinco décadas después, y tras decenas de reimpresiones, ediciones conmemorativas, traducciones, interpretaciones, premios, adaptaciones a cine, teatro y guiones radiofónicos, La noche de Tlatelolco sigue siendo una de las obras más vendidas de Elena Poniatowska, autora de más de 40 libros de novela, cuento, teatro, crónica y biografía.

En abril de 2014, cuando recibió en España el Premio Cervantes de Literatura, Poniatowska rememoró sus visitas al Palacio Negro de Lecumberri y se refirió a los niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes que “caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, ‘ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas'”.

Eso -recrear otras vidas- buscaba la autora desde que tejió aquel libro icónico del movimiento estudiantil.

“Yo creo que la gente, los lectores, lo sienten suyo porque dicen ‘yo puedo estar aquí, seguramente aquí está mi padre, está mi abuelo, está la gente que yo conozco, la que yo me encuentro en el camión, la que me encuentro en el Metro’. Es muy bonito pensar que es un libro que está a la mano, que no tiene pretensiones. No es un análisis, es un testimonio, está hecho con las voces de la gente… ésa es la ventaja de ser periodista…”, explica.

Medio siglo después de la noche de Tlatelolco, Poniatowska hojea con cariño un ejemplar de La noche de Tlatelolco que una chica le acerca para que se lo dedique a su novio que está en Argentina.

“…a Patxi, aquí en la Plaza de las Tres Culturas y bajo los aviones, todo el afecto de Elena Poniatowska Amor. 16 de septiembre de 2018”, escribe en la dedicatoria a su lector del Cono Sur.

Poniatowska reflexiona:

“Cada quien encuentra algo; es un libro de amor a México, de amor a la patria, de lo que significa también ser joven, de la participación, de que la Ciudad es nuestra… Una de las cosas más bonitas de los jóvenes del 68 fue tomar las calles, sentir por primera vez que ellos podían caminar por su ciudad, por México, que el país era de ellos y que también eran responsables del país… Eso fue también sumamente enriquecedor y sumamente emocionante para cualquiera, decir: ‘esto es lo mío, yo lo tengo que defender, esto es lo que yo amo, aquí estoy, lo único que tengo es esto'”.

NO SE OLVIDA…

Poniatowska habla de la noche de Tlatelolco un día en el que los jóvenes de la UNAM realizan una asamblea interuniversitaria para decidir sobre el paro que mantienen en protesta por el ataque de un grupo de porros a estudiantes del CCH Azcapotzalco, ocurrido el 3 de septiembre frente a la Torre de Rectoría.

Le indigna que esos porros hayan atacado a los estudiantes, pero le entusiasma que los jóvenes se movilicen, que no hayan dejado de tomar la calle desde que la conquistaron, en aquellos años de la represión de Díaz Ordaz y Echeverría.

Recuerda que en el 68 había un ambiente más bien de indiferencia e incomprensión hacia el movimiento estudiantil en la mayor parte de la población. Considera que era un movimiento sólo de los estudiantes, sus padres, sus maestros y algunos simpatizantes, que alcanzó un impacto histórico hasta que se fue conociendo lo que realmente ocurrió en Tlatelolco.

“Es de esos acontecimientos aterradores, terribles, que van creciendo con el tiempo, a medida que se sabe qué sucedió; entonces, todo se va metiendo en el alma de cada una de las personas; los que lo vivieron, pero también los jóvenes que no lo vivieron.

“Yo creo que ahora tiene una gran importancia el 68… la tuvo obviamente, pero en aquellos años, en primer lugar vinieron los Juegos Olímpicos que fueron una distracción, y en segundo lugar había miedo, había una represión, se decía que el movimiento era de muchachos alborotadores, y no había la conciencia que hay ahora, porque finalmente lo que lograron los jóvenes en la política mexicana fue transformarla”, comenta.

-¿Cree que México superó esa etapa del 68? ¿Los jóvenes de 2018 pueden salir a la calle con la tranquilidad de que no volverá a haber un 2 de octubre? -se le pregunta a la escritora.

-No sé, yo creo que ahora nadie se atrevería a decirlo, porque mire usted lo que pasó con los 43 de Ayotzinapa, y no sólo eso que me parece atroz y totalmente ofensivo, sino que el gobierno haya tenido a los padres de familia trayéndolos de un lugar para otro, sin darles jamás una sola razón. Eso me parece, a veces, mucho peor que el 68…

 

“El 68 es una escuela”

Francisco Morales V.

Cd. de México (30 septiembre 2018).- Son apenas 126 páginas en un volumen delgado, de bolsillo, sin anexos ni fotografías. En esas pocas cuartillas, sin embargo, con lenguaje llano y pedagógico, Gilberto Guevara Niebla logra retratarse por completo dos veces: como estudiante y como maestro, con 50 años de distancia entre ambos.

Entre la masa de jóvenes que se volcaron a las calles, aparece primero el muchacho imberbe de la foto de credencial escolar: el estudiante de Biología de facciones amables, cabello negro peinado de raya en medio, que fue una figura política de la Facultad de Ciencias de la UNAM, militante de las Juventudes Comunistas y, llegado el verano de 1968, uno de los líderes del Consejo Nacional de Huelga.

Luego está el otro, el que habla: un señor septuagenario, con el bigote cano, boina gris, corbata guinda bajo el chaleco rojo y una mirada que no puede evitar humedecerse un poco al recordar todo lo que le aconteció ese año, hace medio siglo, al estudiante que fue.

“Yo he construido esta interpretación del 68 y la hago pública. Ahora, ésta es mía, es interna”, explica Guevara Niebla, todavía sentado en el templete de una librería donde recién presentó su nueva publicación, 1968 explicado a los jóvenes (FCE).

“Hay una carga emocional en el relato y una fuerza impulsora, interna, que me ha movido a escribir sobre el 68 y a estudiar el 68: ha sido el trauma personal que yo sufrí ante los militares, la cárcel, el exilio breve que tuvimos en Chile. En fin, todo fue muy traumático para mí”, abunda.

Aprender del 68

 

A 50 años del surgimiento y caída del movimiento estudiantil, entre conmemoraciones públicas y privadas de muy diversos tipos, la industria editorial mexicana bulle con títulos nuevos y reediciones que buscan ofrecer versiones definitivas, ángulos poco explorados e incluso, en algunos casos, “cerrar el ciclo” del 68.

 

Guevara Niebla, profesor, especialista en educación y funcionario público de esta área durante los últimos 47 años, se decidió precisamente en 2018, a “impartir” una clase al respecto.

 

En 1968 explicado a los jóvenes, el ex dirigente estudiantil dicta un curso hipotético, conversacional, en el que sus estudiantes, de 20 o 21 años -la edad que él tenía en el 68-, le preguntan por los básicos: cómo eran los muchachos de entonces, por qué estalló el movimiento, cómo fue que creció tanto y, finalmente, qué pasó realmente el 2 de octubre en Tlatelolco.

 

“Maestro, ¿es posible que surja en el México actual un estallido como el de 1968?”, es la duda que detona el libro, cuya publicación ocurrió durante los días de la manifestación de miles de estudiantes frente a la Rectoría de la UNAM para protestar contra la violencia porril.

 

Son preguntas, asegura Guevara Niebla, que sus estudiantes realmente le han hecho a lo largo de los años.

 

“El 68 es una escuela: tenemos que aprender del 68 y vamos a seguir aprendiendo del 68”, declara sobre el que, se sabe, ha sido uno de los empeños de su vida.

 

En el volumen, que va desde la trifulca del 23 de julio entre la Vocacional número 5 y la preparatoria Isaac Ochoterena, hasta la masacre del 2 de octubre, Guevara Niebla no se nombra como protagonista, pero delata su presencia por las descripciones detalladas, plenas de emoción, de la conformación del Consejo Nacional de Huelga, los mítines relámpago en las calles del Centro Histórico, el brigadeo, las asambleas interminables, el mitin en el Zócalo, la marcha del silencio y los otros hitos del movimiento que encabezó.

 

Son esos ojos, los del estudiante, los que guían la clase que el maestro imparte 50 años después.

 

En el libro, Guevara Niebla decide nombrarse, hacerse explícito en el relato, apenas en una sola ocasión: al momento en que las balas del Batallón Olimpia comenzaron a llover indiscriminadamente sobre la Plaza de las Tres Culturas.

Tlatelolco, una emboscada

Cuando las dos luces de bengala fueron disparadas al cielo nocturno, Gilberto Guevara Niebla y un centenar más de estudiantes se encontraban en el tercer piso del Edificio Chihuahua, el lugar que los oradores del mitin del 2 de octubre estaban usando como tribuna.

Desde ahí, el líder estudiantil del CNH pudo ver a la columna de soldados avanzar, con los fusiles cargados y las bayonetas caladas, hacia los cerca de 10 mil estudiantes universitarios congregados en la Plaza de las Tres Culturas.

Luego, un estruendo incomprensible de metralla que los dispersó a todos. En medio de la confusión, Guevara y una veintena de sus compañeros corrieron a los pisos superiores, al departamento 501, donde vivía la novia de otro de los líderes del movimiento, Félix Hernández Gamundi.

Una vez guarecido en el apartamento, lo que Guevara Niebla atisbó por la ventana, relatado en su libro La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (Ediciones Cal y Arena), es parte de lo que constituye una de las certezas irrenunciables que ha sostenido durante 50 años: que la masacre del 2 de octubre fue una emboscada.

“Volví los ojos hacia los lados del edificio y lo que alcancé a ver me volvió a dejar estupefacto: desde las ventanas de los departamentos contiguos, a los lados, arriba y abajo, asomaban armas de diferentes calibres que se disparaban en dirección poniente, es decir, en contra de la multitud y en contra de los soldados. Todo esto pasó en una fracción de segundo”, narra.

Con el paso de los años, los distintos dirigentes del movimiento, testigos presenciales, políticos y periodistas han ofrecido versiones disímiles de lo ocurrido aquella noche y, también, de quién es el verdadero culpable.

Invariable, el dedo de Guevara Niebla ha apuntado siempre a Luis Echeverría, secretario de Gobernación durante la Presidencia de Gustavo Díaz Ordaz y su sucesor en el cargo.

“No es una opinión la mía. Es un hecho con infinidad de fuentes, demostrado. Yo no estoy juzgando a la ligera”, zanja en entrevista.

“Si alguien quiere decir que Tlatelolco no fue una emboscada planeada por el Estado, pues que me expliquen qué ocurrió, porque yo, que estuve presente, observé, vi, y a partir de lo que observé, vi, experimenté, hago mi juicio”.

En sus libros, el ex dirigente sostiene que Echeverría, obvio presidenciable, orquestó la política represiva desde los inicios del movimiento y es la figura detrás de los múltiples actos de provocación y violencia que acosaron a los estudiantes.

“Sólo el tiempo nos permitió ver que, tras bambalinas, lo que se jugó a lo largo de del conflicto estudiantil fue la sucesión presidencial y que el hombre que concertó y concretó todas las acciones represivas contra los estudiantes, Luis Echeverría, fue precisamente el que ganó la Presidencia. Hemos visto a qué precio”, dice a sus estudiantes, como última lección, en su más reciente libro.

Ante el auditorio que se congregó en la Librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica para la presentación de 1968 explicado a los jóvenes, el pasado 20 de septiembre, Guevara Niebla rescató una anécdota que el político priista Fernando Gutiérrez Barrios solía contar sobre la sucesión presidencial en juego.

En voz de Díaz Ordaz, se explica el por qué de la elección de Echeverría por encima de Emilio Martínez Manatou, secretario de la Presidencia, y del general Alfonso Corona del Rosal, entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal.

“Imaginen ustedes que van por un callejón oscuro y, de repente, son atacados por un grupo de pandilleros”, planteaba Díaz Ordaz, según Gutiérrez Barrios.

“A usted lo acompañan tres personas. Una persona es Martínez Manatou y dice: ‘Démosle libros a los jóvenes que nos atacan’; otra persona, Corona del Rosal: ‘Dialoguemos con los jóvenes’; y el tercero, el secretario de Gobernación (Echeverría): ‘Hay que partirles la madre a estos hijos de la chingada’. Por eso lo nombré Presidente de la República”.

El pequeño auditorio de la librería enmudeció ante la anécdota.

‘Me dañaron el alma’

 

En el libro Pensar el 68 (Ediciones Cal y Arena), un testimonio coral coordinado por Herman Bellinghausen y Hugo Hiriart, Gilberto Guevara Niebla relata su vida antes del movimiento estudiantil.

 

Nacido en Culiacán, Sinaloa, cuenta cómo sus primeros acercamientos políticos ocurrieron en Ciudad Obregón, Sonora, donde presenció en 1958 una insurrección urbana por las elecciones a la presidencia municipal y, en 1960, la huelga del Movimiento Revolucionario del Magisterio, organismo en oposición al SNTE.

 

Tras estudiar en esa ciudad la primaria, secundaria y preparatoria, Guevara Niebla vivió en la Ciudad de México una existencia doble: por un lado, la de un estudiante pobre de Biología que vivía clandestinamente, como “gaviota”, en la Casa del Estudiante Sonorense y, por el otro, la de una flamante figura política tras ganar la presidencia de la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Ciencias en 1964.

 

Junto con Félix Hernández Gamundi, Raúl Álvarez Garín y Luis González de Alba, su presencia fue definitoria en el movimiento del 68 como representantes de sus facultades y escuelas en el Consejo Nacional de Huelga.

 

Capturado, junto con los otros, tras la masacre del 2 de octubre, Guevara Niebla fue trasladado al Campo Militar número 1, donde fue vejado y torturado, pasó dos años y medio encerrado en Lecumberri y tuvo que exiliarse brevemente en Perú y Chile tras su liberación.

 

Elena Poniatowska ha relatado que, en sus accesos a Lecumberri para conducir las entrevistas que resultarían en La noche de Tlatelolco, se apuntaba en la lista de Guevara Niebla porque no tenía familiares que lo visitaran en prisión.

 

“Duré muchos años atormentado, sufriendo y me costó mucho superar todo esto. En este sentido, digo yo que soy un sobreviviente del 68, no sólo porque no me mataron el 2 de octubre, porque no fui víctima de las balas de la policía, del ejército, en el 68, sino porque me dañaron tanto mi alma, que pude haber muerto fácilmente en el transcurso de estos 50 años”, lamenta.

 

Para el auditorio de la librería no resultó sencillo escuchar el relato de los días inmediatamente posteriores al 2 de octubre.

 

“La tortura, las burlas, los escupitajos, los golpes cuando caíamos al suelo, los golpes de un dirigente, director de la Dirección Federal de Seguridad, que quería mostrar ante otros funcionarios que estaban presentes que nosotros nos doblegábamos ante los golpes, que éramos unos ‘cobardes maricas’, como nos dijeron infinidad de veces los militares, mientras estuvimos en el Campo Militar”, relató.

 

El deseo de seguir adelante, explica, le viene como oposición a esos días negros.

 

En los 50 años que han transcurrido desde entonces, Guevara Niebla participó en la fundación de la Universidad Autónoma Metropolitana, fue subsecretario de Educación Básica de la SEP durante el sexenio de Carlos Salinas, dirigió el Instituto Mexicano de Investigaciones Educativas y la revista especializada para profesores Educación 2001 durante casi dos décadas.

 

Recientemente, dejó su encargo como integrante de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en México (INEE) para sumarse al equipo del Gobierno entrante de Andrés Manuel López Obrador como responsable de la Equidad para la Educación en la SEP.

 

Firme en su convicción de una reforma de fondo al sistema educativo, postura que sostiene desde hace décadas, y opositor al poder del SNTE y las acciones radicalizadas de la CNTE, Guevara Niebla encuentra en el estudiante que fue el motor de su causa.

 

“La experiencia del 68 nos hizo conscientes de los problemas colectivos de nuestra comunidad nacional y, entonces, muchos de los estudiantes del 68 nos convertimos en responsables del destino nacional, en corresponsables.

 

“Lo que pasara con México tenía que ver con nosotros. De alguna manera, el estudiante que fuimos en el 68 siempre siguió vivo dentro de nosotros en estos 50 años. Seguimos sintiéndonos responsables de México y, en ese sentido, se explica esta preocupación y este interés”, declara.

 

Parte de una generación ya menguante de líderes estudiantiles, Guevara Niebla no pide un mea culpa del Estado Mexicano como entidad por la represión.

 

“Yo no juzgo en abstracto al Estado mexicano. Ya no existe el régimen autoritario de 1968. Estamos ante otro Estado, otras condiciones, otra sociedad”, detalla. “El país ha cambiado”.

 

Gilberto Guevara Niebla, no obstante, el estudiante y el maestro, son esencialmente el mismo 50 años después.

Reforma / Ernesto Núñez