México envejece

Cd. de México.- Cada día en punto de las 9:00 horas, Carlos Sosa se levantaba, tendía su cama, recorría el pasillo que iba de su habitación a la sala y miraba las 12 fotografías colocadas en ese trayecto: la del abuelo Gonzalo, las de sus hijas a los 15 años, y la de su esposa. Su tarea era recordar a su familia y quién era él.

En 2013, a los 79 años, le diagnosticaron demencia y, desde entonces, sus ocho hijos emprendieron una batalla contra el olvido: jugaban dominó con él, colgaron fotos en cada rincón y le preguntaban nombres.

“Hasta que se cansaba y nos decía: ‘Ya no me hagan preguntas capciosas'”, recuerda Isabel, la quinta hija de don Carlos.

La demencia no cedió y el señor ya no pudo vender jugos y licuados en Nezahualcóyotl, Estado de México, donde residía, ni viajar solo a La Merced o a la Central de Abasto a surtirse.

El 5 de marzo de 2016, entonces de 82 años, don Carlos se levantó más temprano de lo habitual, tendió su cama, recorrió el pasillo de las fotos y salió de su casa con tres bolsas blancas de costal.

No pudo regresar a su hogar. Hace dos años que su familia lo busca.

“Pienso que él sufrió o sigue sufriendo, porque él ya dependía mucho de nosotros”, dice Patricia, otra de sus hijas.

La familia interpuso una denuncia en la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, en la Fiscalía de Personas Desaparecidas y en el Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes. Recorrió hospitales, oficinas del Semefo, asilos, albergues y tapizó de volantes de búsqueda las iglesias, escuelas, mercados y calles de Nezahualcóyotl y de la Agrícola Oriental. Todo sin éxito.

“Sólo queremos encontrarlo y saber que está bien, o que está bien con Dios, pero encontrarlo”, agrega Isabel.

De acuerdo con el programa Alerta Plateada, creado para localizar a adultos mayores, sólo en la Ciudad de México desaparecen cada día 12 personas de la tercera edad, la mayoría por problemas de demencia.

Los adultos con demencia o discapacidad son sumamente vulnerables y su búsqueda debe ser prioritaria, pero no siempre sucede así, señala Elizabeth Martínez, presidenta de la asociación Familias Unidas por Una Causa, que apoya en la búsqueda de personas desaparecidas.

Padecer este mal es un riesgo que aumenta con el paso de los años. A nivel nacional, hay 860 mil personas con demencia y, de ellas, 95 por ciento, son mayores de 60 años, según la Secretaría de Salud.

Pero esta enfermedad no es el único ni el mayor reto que enfrentan los ancianos mexicanos: ocho de cada 10 viven en pobreza, el 72 por ciento tiene un diagnóstico previo de diabetes, 17 por ciento padece depresión y 16 por ciento maltrato, de acuerdo con cifras oficiales.

Y pese a la enorme problemática, el país no cuenta aún con una estrategia geriátrica ni con los recursos humanos y económicos necesarios para atender a esta población que va en aumento acelerado.

En México, hasta 2017 había casi 13 millones de personas de más de 60 años y sólo 600 geriatras, especialistas en la atención a esta población.
 

Para José Antonio Alvarado, economista en jefe de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS), la falta de protección social es lo que más resiente esta población.

Actualmente, detalla, sólo el 45 por ciento de los adultos mayores de 65 años tiene acceso a una pensión; 21 por ciento recibe apoyo de algún programa gubernamental, y el resto no cuenta con ningún mecanismo de protección social.

Lourdes Reyes es parte del 35 por ciento que no tiene pensión. Perdió a su esposo por una enfermedad renal.

La muerte del hombre con quien compartió 55 años de su vida la sumió en la tristeza y en la pobreza.

Su esposo era comerciante informal y ella, de 82 años, sin saber leer ni escribir, dedicada al hogar desde que se casó, no tuvo acceso a una pensión ni a una jubilación.

De su hijo mayor sólo sabe que vive en Guanajuato, pero no tiene contacto con él. Su hija menor reside en el Estado de México, igual que ella, pero hace años que no se hablaban.

Los pocos ahorros de Lourdes se esfumaron en los gastos del sepelio y, convencida de que no podría encontrar empleo por su edad y su escasa visión, vendió su único patrimonio, una casa modesta ubicada en El Salado, Ecatepec.

Para hacer el trámite buscó a su hija, le dio una parte del dinero y se fue a vivir con ella.

“Dice que me cuida, se la pasa haciéndome caras o me deja de hablar, pero es que así es su carácter, así es ella”, justifica.

A veces los vecinos le comparten a Lourdes comida o la acompañan a las consultas médicas.

“Sí me lleva, a veces, mi hija Laura. Pero me regaña y va de mal humor. Si me enojo, sí le digo: ‘Cómo me ves, te verás'”, se queja.

Maltrato dentro y fuera de casa

Los adultos mayores sufren una doble violencia: en su casa y en la calle. Una investigación del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) indica que una tercera parte de esta población ha padecido ambas.

El Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam) estima que 60 por ciento sufre violencia familiar y el Instituto Nacional de Geriatría (Inger) calcula que el 16 por ciento es víctima de maltrato, cifra que se duplica entre los adultos que tienen alguna discapacidad o se encuentran en situación de dependencia.

El maltrato más común es el que se asocia con negligencias, como no dar medicamentos, no proporcionarles un bastón o lentes, no proveerles de alimentos o no llevarlos a las consultas médicas.

Las ancianas sufren más violencia psicológica, son ignoradas, regañadas o insultadas constantemente.

En algunos casos, los adultos mayores sufren abuso económico o robo de bienes.

La violencia física incluye golpes, mordidas, bofetadas y jaloneos, y son los hijos quienes más suelen maltratar a sus padres ancianos.

“Sin embargo, la mayoría de los adultos mayores soportan que sus familiares los maltraten, los insulten, decidan sobre su tiempo y dinero e, incluso, los golpeen, por miedo a quedarse solos”, afirma Adriana Luna Parra, coordinadora de la organización Enclave y Canas Dignas.

La promotora de derechos humanos para las personas de la tercera edad explica que el miedo a la soledad o a dañar a los seres queridos impide que éstas denuncien los abusos que padecen.

Epidemia de diabetes y soledad

“Mi mamá se murió de un infarto porque se le complicó la diabetes, eso me dijo la doctora que la vio, pero lo que le pasó es que a mi mamá se le hizo un boquete en el corazón”, asegura Leticia Mendoza, de 52 años, hija de Gudelia Ramírez.

En mayo de 2016, desapareció Fernando, el menor de sus nueve hijos, de 49 años, quien tenía discapacidad intelectual, y era la única persona que vivía con la señora.

“Mi mamá era una persona diabética y, ya de ahí, fue su dolor muy fuerte, porque el azúcar ya no le bajaba más de 300 o 400”, describe Leticia.

“Fue muy triste. Mi mamá se fue acabando poco a poco, ya no quería comer. La veía uno rezar y pedir a Dios que le mandara a su hijo o saber de su hijo, porque ella siempre decía: ‘¿Dónde está mi hijo? Yo como, tengo un techo, pero mi hijo ¿lo tendrá?'”, recuerda.

Fernando desapareció el 4 de mayo de 2016 y, seis meses después, ya sin su compañía permanente, Gudelia murió a los 82 años.

De 1.6 millones de adultos mayores que viven solos, la mayoría, 63 por ciento, son mujeres, de acuerdo con el INEGI.

Las personas de la tercera edad también se ven amenazadas por deterioro físico y mental.

La depresión es un mal mental que aumenta con el paso de los años. Castiga a 17 por ciento de los adultos mayores, pero el porcentaje se eleva hasta 75 por ciento en personas mayores de 76 años, según datos del Instituto Nacional de Psiquiatría.

Y en el plano físico, la diabetes, obesidad e hipertensión, entre otros males crónicos que se comienzan a padecer en las primeras etapas de la vida, cobran la factura sobre todo en los últimos años.

El incremento en los años que puede vivir una persona al nacer -78 en promedio- es más una amenaza que una esperanza de vida, pues la mayoría de la población cursa su última década enferma.

Mientras más tiempo se viva, mayor es la posibilidad de que aparezcan cambios degenerativos en el cerebro que afectan la memoria y las funciones cognitivas, explica Raúl Hernández, especialista del Inger.

“A lo que la persona con demencia se enfrenta a largo plazo es a la incapacidad de hacer cosas básicas como alimentarse, ir al baño, vestirse, salir solo. Eventualmente, se convierte en dependiente de los cuidados de otra persona”, expone.

Futuro

La proporción de personas mayores de 60 años se duplicará en menos de dos décadas y para esto no están preparados los sistemas de salud ni los de asistencia social, estima Luis Miguel Gutiérrez, director del Instituto Nacional de Geriatría.

El reto del envejecimiento implica un cambio en la naturaleza de los servicios de salud, así como la creación de una política nacional que considere los factores sociales y económicos que influyen para que un anciano viva con calidad de vida, advierte.

La diabetes y la obesidad deben controlarse o tendrán consecuencias “funestas” sobre los ancianos, sentencia.

“Si el sistema no actúa eficientemente, y estamos en el límite de nuestra capacidad, el envejecimiento de la población será con mayor carga de enfermedad, con mayor probabilidad de dependencia y con mayor necesidad de cuidados.

“El énfasis se tiene que poner en revitalizar un sistema de salud que fue muy bueno en los últimos 50 años, pero que ya llegó al límite”, agrega en entrevista.

Para esto, se requiere mejorar el presupuesto destinado al sector salud o su desempeño se pondrá en riesgo.

“En este momento, está en riesgo por los terribles recortes que sufrimos en esta administración.

Más del 20 por ciento de disminución del presupuesto de salud no es menor”, indica.

En tanto, Luz Esther Rangel, coordinadora de la Clínica de la Memoria del INAPAM, afirma que sin una estrategia de prevención, la atención a los adultos mayores será una carga para el sistema de salud.

“Tendríamos un gran número de personas adultas mayores afectadas y sería incosteable, ningún presupuesto alcanzaría para atenderlas, porque la demencia y la diabetes no se curan, sólo se controlan”, dice.

De no lograrlo, los jóvenes de ahora serán unos ancianos más pobres, vulnerables, enfermos y solitarios, anticipa.

Reforma / Dulce Soto