No te deprimas: progresa

Probablemente, una de las políticas imperantes en los medios contemporáneos es la de la representatividad y la inclusión. En 2017 se estrenó en Netflix Atypical, una serie que narra la cotidianidad de un joven con autismo. Sus dificultades amorosas y la relación que mantiene con su familia construyen la imagen de que un autista es también una persona y que, como tal, mantiene una serie de actividades a realizar, como ir a la escuela y lavar los trastes. En resumen, un autista es también funcional, y esas nociones sobre lo funcional permean los productos culturales recientes.

Revistas, portales digitales, televisión y radio mantienen temas constantes: cada quién puede hacer con su cuerpo y sus afectos lo que desee (una libre elección que mantiene familiaridades con el albedrío capitalista en el que puedes adquirir cuánto quieras, en el que puedes endeudarte de todas las posibles maneras) o bien, la luz al final del túnel de algunas afectaciones mentales, como la ansiedad y los desordenes alimenticios. Los problemas de naturaleza emocional pueden ser resueltos en conceptos tan inmediatos y reducidos como la felicidad. Tu relación con tu cuerpo puede ser feliz, y puedes acallar el ruido cerebral siendo, simplemente, un ser pleno.

Dirigiéndome concretamente hacia las enfermedades mentales, lo que intento esbozar es un comentario que, al margen de simplificar los asuntos mediáticos en una mera tendencia, evidencian las ansiedades que persisten en torno a la mente.

Los problemas de naturaleza emocional pueden ser resueltos en conceptos tan inmediatos y reducidos como la felicidad.
El teórico cultural Mark Fisher, quien cometiera suicidio en julio de 2017, mes previo al lanzamiento de Atypical, comentó brevemente en un texto titulado Social Power, Depression and Feeling Good for Nothing (Poder social, depresión y sentirse bueno para nada) (The Wire, 2017) los nexos que existen entre la productividad y las enfermedades mentales. Primeramente, narra su experiencia personal bajo un diagnóstico de depresión clínica, y concluye que sus crisis fueron más graves cuando su percepción fue la de que no podía incluirse en las dinámicas sociales y económicas, bajo las cuales todos somos sujetos productivos: “Aún cuando me encontraba en guardia psiquiátrica, sentía que no estaba en verdad deprimido. Solo estaba simulando una condición para no trabajar. En la lógica paradójicamente infernal de la depresión, yo estaba simulando para conciliar el hecho de que no era capaz de tener una vida laboral, y que por ello no tenía un lugar en la sociedad”.

Más adelante, Fisher describe de manera más sistemática la interpretación sobre la enfermedad mental dada por un modelo económico: “Desde hace tiempo, una de las tácticas más exitosas de la clase dominante está en la responsabilización. Cada miembro de la clase subordinada debe sentir que la pobreza, la falta de oportunidades y el desempleo es su culpa y solo su culpa. Los individuos se culparán a sí mismos en vez de denunciar las estructuras sociales. En todo caso, han sido inducidos a pensar que estas no existen (son solo excusas que justifican la debilidad)”.

Por supuesto, esta ideología también resuena en la depresión clínica, la cual, bajo un marco capitalista, puede resolverse si el individuo en cuestión deja de concentrarse en lo superficial de su enfermedad y se pone a trabajar de una buena vez. El contexto económico que interpreta la mente y sus disrupciones es revisado historiográficamente por el filósofo John Gray, en El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos (Sexto Piso, 2013). Gray propone que el progreso fue el principal dispositivo de la retórica moderna. La acumulación capitalista, los avances tecnológicos y los descubrimientos de la ciencia también incluyeron entre sus logros el robustecimiento de la salud mental, o mejor dicho, su reducción a un solo camino: “estar bien”, ya que es el equivalente positivo a “producir”, a “progresar”, a “no derrotarse ante las adversidades”, a “dominar” como se estaban dominando, en el periodo que revisa Gray, los recursos naturales.

El marco en el que se desarrolla el comentario de Gray es el de la primera burguesía. Si lo traducimos a las nuevas funciones que ha adquirido el capitalismo, encontramos textos como Neoliberalism is creating loneliness. That’s what’s wrenching society apart (El neoliberalismo está creando soledad. Y eso está desgarrando a la sociedad) del psiquiatra George Monbiot (The Guardian, 2016) y el fundamentado Is Neoliberalism Making Our Depression and Anxiety Crisis Worse? (¿El neoliberalismo está agravando nuestra crisis de depresión y ansiedad) del sociólogo John Hari (In These times, 2018) en donde se describe cómo, en el neoliberalismo, las personas son cifradas en los términos de competitividad y de sus capacidades de consumo, aún cuando las posibilidades de un futuro con seguridades económicas sean nulas. Hari, incluso, señala que, aparentemente, el único diálogo que se puede tener sobre la depresión es con la industria farmacéutica, es decir, con un medio de producción.

Si la depresión, entonces, es definida por expertos en ciencias y humanidades como un mal estructural, y cuyos planteamientos marcan que la comprensión de la enfermedad tiene que complejizarse todavía mucho más al borde de involucrar, incluso, lo macroeconómico, ¿por qué se sigue demandando en el mainstream su rápida solución? En una sociedad de consumo, si tienes una necesidad la satisfaces comprando y, actualmente, es posible adquirir felicidad, ya sea en discursos como el de Atypical, los cuales resumen las adversidades mentales en un “todo estará bien”, o en las terapias que aseguran que “alcanzarás” en un corto tiempo tus objetivos de salud.

El lugar en el que se tiene a la mente sigue siendo uno precario. Esto provoca que las comunidades que se forman en los perímetros de la economía contemporánea, como las redes sociales, por ejemplo, no sean seguros para representar todos los matices de una enfermedad mental. Lo cierto es que es necesaria la construcción de una (auto)consciencia, no tanto de la aceptación imprecisa e inmediata de los trastornos, y que eso puede suceder en el terreno de la cultura. Tal vez se necesitan representaciones mucho menos desinfectadas, mucho más contundentes. La enfermedad mental no tiene que contener, a priori, su solución.

Al margen de la felicidad/productividad como únicas vías posibles, ¿cómo se convive con un padecimiento? ¿Cómo se construye una cotidianidad que, de hecho, no es cotidiana? Siempre me he preguntado cómo se recibiría, en tiempos de autosuperación y consumismo rampantes, el poema Resumé de Dorothy Parker:

Razors pain you;

Rivers are damp;

Acid stain you;

And drugs cause cramp.

Guns aren’t lawful,;

Nooses give;

Gas smell awful;

You might as well live.

*The HuffPost México / Christian Mendoza, Periodista