El espíritu de Dunquerque

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“Recibí órdenes definitivas del Führer de que no debía atacar bajo ninguna circunstancia, y se me prohibió específicamente mandar a cualquiera de mis tropas a menos de 10 kilómetros de Dunkerque”.

Gerd von Rundstedt

Mariscal de Campo nazi. Comandante del Ejército Alemán grupo “B”

“A principios del verano de 1940, Anthony Irwin era un joven oficial del Regimiento de Essex. Mientras su batallón llevaba a cabo un repliegue táctico hacia la costa francesa, entorpecido por el flujo de refugiados, el acoso de la artillería y la aviación enemigas y el avance de la infantería alemana, Irwin, como la mayoría de los soldados y oficiales de su batallón, vivía la guerra por primera vez.

“Vio sus primeros cadáveres una tarde, bajo el fuego de los bombarderos alemanes. Los dos primeros le impresionaron; los dos siguientes le hicieron vomitar, y posteriormente seguirían apareciéndosele en sueños durante años. La diferencia radicaba no en su forma de morir ni en lo espantoso de sus heridas, sino en la «obscenidad» de los dos últimos: desnudos, degradados, hinchados y deformes, encarnaban algo peor que la muerte.

“Esa noche, su batallón sufrió un nuevo ataque. Desbordado por la situación, un joven soldado se echó a llorar. Irwin trató de llevarse al chico a un lado con intención de alejarlo de allí, pero el soldado, paralizado por la angustia, se negó a moverse. Lo único que cabía hacer –resolvió Irwin– era noquearlo. Ordenó a un sargento que le diera un buen puñetazo en la barbilla, pero el sargento erró el golpe y estrelló los nudillos contra pared. Teniendo la muerte tan cerca, era lógico que se aferraran a la vida con uñas y dientes”. (Desde “Dunkerque” de Joshua Levine).

Irwin era uno de los cientos de miles de oficiales y soldados de la Fuerza Expedicionaria británica que se retiraban hacia la costa atravesando Bélgica y Francia, cuando Alemania lanzó su Blitzkrieg (guerra relámpago).

Dunquerque tiene un misterio o, según la propaganda, un milagro. En mayo de 1940, el Ejército británico, empujado y flanqueado por las divisiones de infantería alemana del general Von Bock y las divisiones Panzer de los generales Von Reinhardt y Von Guderian (artífice de la operación) estaba copado en el puerto de la ciudad belga.

Francia era una trampa con una sola escotilla de salida “el mar”. Sin transportes para evacuar a los soldados atrapados, el ejército del mariscal de campo inglés John Standish Surtees(lord Gort) parecía destinado a la captura o a la aniquilación.

Los historiadores comentan que entonces apareció la providencia tras la máscara de la incompetencia de Hitler, quien a través Gerd von Rundstedt, Mariscal de Campo nazi, comandante del Ejército Alemán grupo “B” y responsable de toda la operación en Francia y Bélgica, transmitió una orden tajante al general Kleist quien tenía el mando de un cuerpo de unidades Panzer de avanzada: las unidades acorazadas deben mantenerse a una distancia de Dunquerque equivalente al alcance medio de la artillería (entre 13 y 15 kilómetros).

La orden (24 de mayo) decidió la derrota de Alemania cinco años más tarde, según el historiador militar y escritor inglés Liddell Hart. En expresión del general Von Thoma, comandante de la 20 división panzer, “es inútil discutir con un majadero; Hitler destruyó la posibilidad de victoria”.

¿Cómo se explica esa detención milagrosa e idiota de la ofensiva? Hitler y sus burócratas militares favoritos, Jodl y Keitel, siguieron la campaña francesa al borde de la histeria. No podían creer en el éxito fulgurante del ataque; temían una trampa o un contrataque masivo.

Jodl intentó explicar los tres días de gracia concedidos a los británicos argumentando que “el ejército acorazado no puede operar en las ciénagas de Flandes”. Una simpleza. Una segunda versión, congruente con la primera, cuenta que el petulante mariscal del aire Hermann Goering reclamó para la Luftwaffe(fuerza aérea alemana) el honor (tronado) de liquidar al enemigo. Pero lo hizo muy mal. Sus ataques fueron esporádicos e imprecisos; no consiguió cerrar el puerto y el canal hundiendo navíos enemigos para impedir la huida.

La tercera explicación, avalada entre otros por el gran mariscal de campo Von Manstein, es política. En las indigestas charlas (o delirios) de sobremesa del Führer con sus palafreneros cortesanos, se explayaba sobre las magras ventajas que supondría para Alemania la destrucción del imperio; sus herederos, abundaba, serían Estados Unidos y Japón. Así que la incompetencia de Dunquerque podría interpretarse como un gesto hacia Londres. Hitler solo querría el reconocimiento al poder alemán en Europa a cambio de una paz honorable.

Dunkerque, (la película) de Christopher Nolan, dice el periodista español del diario “El País”, Jesùs Mota, “no trata del milagro estratégico, sino del milagro de la supervivencia. El esfuerzo fílmico se concentra en captar la desesperación de los soldados condenados al sacrificio en las puertas mismas de casa. Nolan teje una planificación abrumadora combinando los planos largos de la soledad de los soldados en playas infinitas, como insectos desvalidos, con los planos próximos de los ataques aéreos, la claustrofobia a cielo abierto de los Spitfire de la RAF y la carrera naval para llegar al puerto belga de las pequeñas embarcaciones privadas que completaron el reembarco. Es su objetivo”.

La película se basa solo en el milagro ingles del rescate de los soldados atrapados en esa inmensa playa belga. Pero no hablan de los más de 40 mil soldados franceses que desde la retaguardia intentaron parar por un momento al ejército alemán, para darle tiempo a que fueran rescatados los soldados ingleses a través de la “Operación Dínamo”, y que a pesar de su esfuerzo fueron aniquilados en cuestión de horas por las unidades alemanes. Este esfuerzo no fue mencionado por Nolan.

La decisión de parar el ataque de las divisiones Panzer llevó a la derrota de Alemania cinco años después, ya que esos 300 mil soldados rescatados formaron parte junto con los ejércitos inglés, estadounidense, canadiense y otros aliados, y que conformaron la fuerza militar más poderosa en su tiempo que desembarco en Normandía (Francia) un 6 de junio de 1944. El milagro de Dunquerque fue la nulidad de Hitler