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Este mezcalero intercambia mezcales por arte urbano

David, inspirado en los mercados de trueque de Oaxaca, intercambia botellas de su mezcal campesino por obras de arte para sus portafolios. Su colección guarda el trabajo de muchos artistas plásticos y artesanos mexicanos.

A David le tocó ver los mercados de trueque cuando era niño. En la Sierra Norte de Oaxaca, en México, donde vivían sus abuelos, miraba cómo llegaban las personas a la plaza y se sentaban en el piso, uno frente al otro. Platicaban sobre lo que traían para intercambiar mientras el primero ponía al frente su saco de frijoles y el segundo mostraba el arroz, las calabacitas o algún animal pequeño que había cazado. Entonces comenzaba la negociación: que te doy tanto de frijol por la calabacita, o dos tantos de semillas por el conejo. Eso sí, si al de la calabacita no le gustaba el frijol que traía el otro, se levantaba y retiraba su oferta, sin ofenderlo. Simplemente decía no y se marchaba. Se valía.

Con esa idea David Hernández Arriaga ha trabajado con artistas plásticos y urbanos, a quienes les ofrece botellas del mezcal que él produce a cambio de que ellos realicen obras de arte en los portafolios donde guarda la preciada bebida. Es un ganar-ganar: David obtiene una buena obra artística plasmada en una pequeña valija de madera, que le da un valor agregado al aguardiente que vende, y el artista se va con unos buenos mezcales que en su elaboración llevan mucho trabajo, mucho dinero y mucho tiempo.

“A los artistas les digo: ‘Cambiamos por trueque, si no, no”, me cuenta David. “Han llegado artistas que nos dicen: ‘Oye, pues yo te pinto una caja pero te cobro siete mil pesos; a mí tu mezcal me vale madres’. Yo contesto: ‘No, güey’, porque nos gusta ser cuates de los artistas. Así funcionamos chido, seguimos haciendo trueque como forma alternativa de vida. Intercambiamos mezcal por obra”.

Teresa Lozano Armendares, investigadora de la UNAM, dice que las bebidas embriagantes ocuparon un lugar especial en las civilizaciones precolombinas, sin embargo, fue hasta el siglo XVI, después de la llegada de los españoles y la introducción del alambique a México, que se empezaron a fabricar bebidas alcohólicas destiladas. Se dice que en la Nueva España se elaboraban por lo menos 70 diferentes, pero las más populares eran el aguardiente de caña y el mezcal. A diferencia del tequila, el mezcal se obtiene de 14 especies diferentes de maguey, según la Norma Oficial Mexicana, las cuales tienen sus variaciones, como madrecuixe, espadín, cenizo, mexicano y más. Básicamente son 10 los estados donde se produce esta bebida, sin embargo los mezcales más famosos son los de Oaxaca.

La familia paterna de David es originaria de la Sierra Juárez, en Oaxaca, y han seguido dos oficios por generaciones: la música y la producción de mezcal. Esa era su forma de vida. Y aunque él y su papás migraron a la Ciudad de México desde que él era niño, el mezcal siempre fue un tema recurrente, estaba presente en su casa, en la pláticas de sobremesa, en las fiestas, en la cocina, en los funerales.

Cuando iban a visitar a los abuelos, doña Rosario, su abuela y última maestra mezcalera en su familia, le daba un poco de mezcal para que lo paladeara. “Prueba esto”, le decía, “¿a qué te sabe?”. El respondía que fuerte o dulce o cualquier cosa, pero la matriarca insistía: “¿A qué sabe?”. Entonces David comenzaba a jugar con sus sensaciones. “A tierra”, contestaba, y la abuela volvía con una pregunta aún más enigmática: “¿Y cómo estaba la tierra? ¿mojada? ¿seca? ¿qué color tenía?”. Ella trataba de abrir los sentidos de su nieto y que no se quedara con la primera impresión. Quería que fuera más perceptivo. Además deseaba que David saliera mezcalero. “Músico no, porque son muy borrachos”, le decía.

Con el tiempo David se convirtió en fotógrafo, pero la esencia del mezcal ya la traía en las venas. Quería hacer algo con él pero no sabía qué. Hasta que murió don Constantino, su abuelo.

“Hace 10 años, cuando murió mi abuelo, en septiembre, me habló mi abuela y me dijo: ‘Ven para que pongamos la ofrenda de día de muertos’. Entonces ahí yo le dije: ‘Abuela, sabe qué, ahora sí voy a hacer mezcal’, y entonces lo que hicimos fue buscar a familias amigas de nosotros, porque en la mía ya todos son grandes, gente de confianza de mis abuelos, y con ellos empecé a hablar para trabajar. También con el conocimiento de mi abuela”. David decidió llamar a su marca de mezcal Los Gentiles en referencia a la forma en que los evangelizadores españoles nombraron a los indígenas de Oaxaca y en general de todo el territorio dominado por la Corona Española: los paganos e infieles gentiles del Nuevo Mundo.

“Les llamaban gentiles en el sentido religioso judío. Gentil, del otro, del que desconoces, del extraño, del visto como el pagano, el diabólico”, me cuenta. “Yo empecé a investigar de dónde venía la palabra gentiles y me encantó porque yo pensaba: Todos somos gentiles de alguna manera, pero cuando vives en Iztapalapa, como nosotros, eres un gentil; cuando eres adolescente y no tienes dinero y nos gustaba el punk, pues éramos gentiles. Y estamos ahorita en un mundo muy gentil, como muy discriminatorio. Entonces creo que necesitamos un trago de reconciliación de gentiles”.

Después de un tiempo se le ocurrió meter algunos mezcales en cajas de madera, donde sólo cabe una botella, y en portafolios del mismo material, en los que ofrece cuatro variedades del mezcal que produce. Para que los estuches no se vieran tan simples, hizo una reducción a líneas de su logotipo —la figura de un gentil—, luego lo convirtió en un esténcil que ponía sobre la caja y le pasaba pintura en aerosol. Así quedaba su marca en el contenedor de botellas.

Los primeros consumidores del mezcal de David fueron sus amigos sociólogos, antropólogos, fotógrafos, pintores, tatuadores, artesanos y los que él denomina “tropimagos”. Uno de esos personajes, un tatuador llamado Dante Pérez, vio las cajas vacías, en crudo, que David no había podido vender. El tatuador le pidió que le regalara una y el mezcalero lo hizo de buena gana. A los pocos días le regresó el contenedor pintado. En la tapa había dibujado un puñal. No era un dibujo, era un tatuaje en madera. Los trazos y las sombras eran líneas básicas, gruesas y le recordaron los trabajos hechos después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, donde abundaron los diseños patrióticos y masculinos: la llamada “old school”. Sólo que el autor es de Iztapalapa. Uno de los costados de la caja mostraba una cruz ahogándose en una marea. Una gráfica que David define como muy dolorosa. Pero le gustó.

Los artistas seguían buscando el mezcal y cuando veían la caja pedían también intervenir una. Así comenzó la colaboración entre David y la plástica.

“Yo le doy (al artista) la caja en crudo, la madera es pino, y no hay temática, ellos ocupan la técnica que quieran”.

Desde 2007, año en que Dante intervino la primera caja, hasta la fecha, David ha trabajado con aproximadamente 100 artistas. En agosto de 2015, para festejar los 10 años de Los Gentiles, se montó una muestra con 36 portafolios en el Centro Cultural del México Contemporáneo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México; 13 salieron de una convocatoria que se lanzó meses antes para que fueran intervenidos y el resto los tuvieron que buscar entre quienes los habían comprado. En ellos se puede apreciar el trabajo de artistas como Mocre, que plasma en sus piezas criaturas zoomorfas que parecieran usar prótesis robóticas; el español Pablo Herrera, conocido como Zeta 1970, cuyos trazos están inspirados en el arte urbano y el graffiti, al igual que los del chilango Malo Farfán; el tatuador neoyorkino Monotone 89; el colorido trabajo del artista plástico Sergio Unzueta; el maestro Felipe Ehrenberg y su arte experimental y el mismo David con su obra fotográfica.

“En 10 años hemos compartido con los maestros, con los artistas. Y compartir significa de repente vivir un día con el artista. Y te puede llevar a todos lados. Bendito sea Dios no a la cárcel, pero sí a otros lugares”, dice. Es difícil para David decir cuál de los portafolios y cajas es su favorito. Todos le gustan. Sin embargo, hay uno por el que tiene un singular afecto.

“Hay una que hizo el Colectivo Chiquitraca, la hizo especialmente Irving Cano, quien dibujó la cara de mi abuela y de mi abuelo por ambos lados de la caja. Lo hizo con base a fotografías que hicimos mi padre y yo. Pero además a mi abuelo lo puso con un alambique abajo. Verlos a ellos, ver a mi abuela, ver mi foto reinterpretada… ya le dije a la gente que, si se puede, cuando me quiebre me llenen ese alambique de unos mezcales, que ya mi familia sabe cuáles me gustan, y ese me lo echen ahí, al hoyo”.

Mientras platicamos, David abre una botella de mezcal para compartirla. Antes de servir en las jícaras de guaje, deja caer un poco del aguardiente al piso. “Para los muertos”, dice la costumbre. Unos días después de nuestra conversación sobre mezcal y el arte urbano, doña Rosario, su abuela de 97 años, la última maestra mezcalera de su familia, murió. Probablemente desde ese día, cada vez que David vuelve a hacer el ritual de dar el primer trago a los que ya no están en este mundo, piensa en doña Rosario, en su retrato en el portafolios y en el legado que le dejó.

FUENTE

MEMO BAUTISTA

MUNCHIES