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Treintañeros y 'adultescentes': que cada quién viva como quiera

Hace poco, una de mis tías me llamó “adultescente”, término bastardo que proviene del anglosajón kidult y que intenta definir a toda esa pléyade de treintañeros que se niegan a envejecer según la norma.

 — ¿Qué tiene de malo que me guste cualquiera de esas cosas?

 — Ya tienes una edad como para preocuparte por asuntos realmente serios  — respondió— nadie puede ser joven por siempre, aunque lo intente.

Dedicó una rápida mirada a la camiseta de superhéroes que llevaba, los jeans gastados y el morral que llevo colgado al hombro. Tomé una bocanada de aire para no enfurecer de inmediato. En realidad, toda la idea me parece tragicómica.

 — ¿Quién o qué señala el momento de tu vida en que debes preocuparte por cuál o tal cosa? — le respondo y agrego— ¿quién dispone cómo debes organizar tu vida?

Se trata de una pregunta retórica, claro está. El mundo parece tener una cronología muy precisa que debes cumplir si no quieres verte en la incómoda situación de justificarte o en el peor de los casos, enfrentarte a la crítica generalizada. De la escuela a la universidad, del matrimonio al trabajo y por último hacia una marchita jubilación, la cultura en la que nacemos está obsesionada con reescribir nuestra personal a conveniencia.

La perspectiva resulta no solo incomoda  — ¿habrá alguien que realmente pueda agradarle que le digan de qué manera debe vivir? —  sino también, un síntoma de la rígida percepción que se tiene sobre la vida adulta actual. Porque a pesar de la desaparición de viejos estereotipos y tópicos sobre la identidad, la percepción del adulto  — o sus implicaciones —  sigue siendo muy parecida a la de siglos atrás.

Me pregunto si tía recordará que trabajo  — duro y con enorme dedicación —  desde los dieciocho años de edad.
 — Nadie, pero uno lo sabe y ya no estás en edad para que tu vida sea sólo libros, lo que escribes o fotografía  — vuelve a la carga tía, con una expresión maternal en el rostro —  no tomarse en serio la vida no te hace más joven. Te hace irresponsable.

Me pregunto si tía recordará que trabajo — duro y con enorme dedicación — desde los dieciocho años de edad. Que vivo sola desde los veintiún y que a mis treinta y tantos actuales, podría decir que he sido económicamente independiente la mayor parte de mi vida. Que lo logré además en Venezuela, un país que atraviesa una complicada crisis económica que dificulta a niveles inimaginables cualquier proyecto personal. Si llega a entender el trabajo, constancia y sobre todo voluntad que requiere ser joven en un país como el nuestro o en una cultura como la latina.

 — ¿Qué es lo que te parece tan irresponsable en el hecho que disfrute sin pudor de mis hobbies y obsesiones? — le digo.

 — ¿Y eso es suficiente para ti? ¿No piensas en que debes evolucionar? ¿En llegar más allá que esta adolescencia que ya se extiende demasiado? ¿Que ya es tiempo de sentar cabeza?

Ah, ese es un concepto popular en mi país y que todo el mundo esgrime con una ligereza de asombro. “Sentar cabeza” es la frase que invalida no solo todos tus esfuerzos sino que además los minimiza, en favor de algo más elaborado, esquemático y duro de digerir. “Sentar cabeza” sugiere que nada que lo que has hecho está bien o lo estará en todo caso, hasta que cumplas el esquema “natural de las cosas”, lo que sea que eso signifique. Claro está, no se trata de poner en tela de juicio la necesidad de la evolución personal e intelectual. Nadie quiere seguir siendo un niño por siempre o un adulto no puede evitar asumir ciertas responsabilidades. Aún así, entre ambas cosas hay una serie de matices, sobre todo en nuestra época en que la juventud se eterniza y se transforma en algo más que una cuestión cronológica. Después de todo, lo contemporáneo se percibe a sí mismo un replanteamiento de viejos esquemas. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que rebelarse contra lo que se supone deberías hacer a tal o cuál edad?

 — Creo que seguiré siendo niña hasta el día de mi muerte  — le aclaro y me hace sonreír su mirada dura, su incomodidad —  y eso es un triunfo personal difícil de explicar.

Lo digo con toda sinceridad. Espero parir libros y sueños. Sigo siendo una devota lectora y una apasionada cinéfila. En el futuro, sin duda continuaré vistiéndome de manera informal, disfrutando de cómics y hobbies en apariencia infantiles. Esa es mi visión del mundo y no creo que esté equivocada por no coincidir con la mayoritaria, por no aceptar que debo desempeñar un papel que la sociedad escogió para mí incluso antes que naciera. Esa soy la mujer que he construido a base de esfuerzos, de creer y confiar en mis capacidades, en mi perspectiva del mundo.

Vivir como quieras a pesar de tu edad  — o lo que la sociedad insiste deberías estar haciendo según ese artificial orden cronológico de las cosas —  te hace más consciente del poder de tu voluntad, de todas las posibilidades que aún te esperan y sobre todo, una visión muy rica en profundidad sobre tu individualidad.

The Huffington Post México / Aglaia Berlutti