Salud

Una enseñanza japonesa sobre el poder de la sombra

Hay armonía en la aparente discordia entre luz y sombra.

Al arquitecto Héctor Barroso.

Hay que aprender a ver entre las sombras la belleza de la penumbra. Descubrir la delicadeza de lo que un débil halo de luz, revela en nosotros; en la mirada cautiva a lo evidente.

El ensayo “El elogio de la sombra”, del escritor japonés Junichiro Tanizaki, es una celebración a la estética de la oscuridad, a la belleza que provoca la penumbra y cómo ante la escasez de luz, los objetos, los espacios y las personas cobran una hermosura singular. También es un escrito que siente una profunda melancolía por las tradiciones japonesas, ante el avance despiadado de la civilización occidental (fue publicado en 1933). Una celebración a las costumbres de una cultura única, que entiende la naturaleza como el arquetipo de lo bello, ícono de lo admirable y estereotipo de lo trascendente.

El ensayo de Tanizaki también es una metáfora de la vida en todos sus componentes. No solo es la sombra, sino la luz que la permite. Es observar detrás de la llama y los efectos que produce, que son luz y sombras por igual. La sombra como símbolo del otro, que solo es en la medida en que existe un prójimo que lo hace posible. La permisividad esencial que otorga la individualidad ajena en uno mismo. La imposibilidad material de ser, si no hay otro que lo permita en sustancia. Sobre todo, la composición precisa y natural de los contrarios, la reafirmación de los opuestos que solo son, bajo el supuesto de su existencia recíproca. No se toleran como mecanismo irremediable de convivencia, sino que se complementan en la comprensión definitiva de su esencia.

 

La sombra antagoniza con la luz, pero solo en la medida que la necesita para existir. La otra, es invasiva del espacio constante de la oscuridad. Y sin embargo, en su discordia aparente hay armonía. No hay artificios que las separen, ni precisiones que las dividan. Son diferentes en su naturaleza, pero imprescindibles en su existencia. Los paralelismos entre la luz y la obscuridad pueden acarrearse a la vida común. El hilo conductor entre la vida y la muerte, la riqueza y la pobreza, la ilusión y la desesperanza, la oposición de sexos, el verbo y la carne, la tolerancia y xenofobia y cualquier contrapunto esencial del ser.

Es gracias a la existencia del otro que el yo se permite en una secuencia constante de definiciones y precisiones personales.
No es posible comprender una entidad sin su contrario. Somos materia y espíritu. En su entendimiento, o cuando menos en la suposición de su existencia, radica la naturaleza de nuestra identidad individual; una definición sustantiva e implícita que es alumbrada por la variedad de otros. O el gran Otro, que no es sino todo aquello que no somos, pero del cual compartimos la definición precisa de lo particular. Es gracias a la existencia del otro que el yo se permite en una secuencia constante de definiciones y precisiones personales.

Las tinieblas alumbran ese otro; nuestro lado obscuro y lóbrego, muchas veces limitado y escondido, que es el componente indispensable de la luz. En su equilibrio está la belleza. Así en Tanizaki es la sombra, hermosa en sí misma, en su misterio y en su contexto. Es en su escasez en donde se encuentra la iluminación discreta y sigilosa. La pasividad del detalle oculto e inflamado en la observación tenue del ojo. Una luz disimulada y acuosa y la sombra gaseosa de los espacios descubre una realidad desconocida. No son ya los contrarios, sino en su juego de intensidades, descubren bellezas encubiertas de la realidad iluminada.

Las sombras pueden descubrirnos realidades desconocidas y sutilezas inimaginadas. Lo mismo que ver en el ojo ajeno, nos puede revelar una verdad que define un identidad y un momento.

The Huffington Post México.