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Subasta 'El Púas' Olivares sus recuerdos

Carlos Hernández

Desde hace tres meses, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, Rubén El Púas Olivares instala un pequeño puesto en el bazar de antigüedades del barrio La Lagunilla. Ahí vende prácticamente de todo: un cinturón de box de campeón del mundo, su anillo del Salón de la Fama de Canastota, fotos y caricaturas de su trayectoria de 24 años en el cuadrilátero, figuras talladas en madera, en las que destaca su versión de La Última Cena con algunos apóstoles con guantes de boxeo, y hasta un terreno en Tepeji del Río, Hidalgo.

Muchos de los que visitan los domingos las calles del popular barrio capitalino lo reconocen, lo saludan con afecto y se dan un tiempo para curiosear los objetos que tiene a la venta. Una señora se interesa por el cinturón y le pregunta cuánto cuesta.

–Un millón de dólares –responde sin inmutarse el ex boxeador.

La señora sólo sonríe.

En entrevista con La Jornada se le pregunta al ex campeón mundial de peso gallo y pluma el porqué del elevado precio, que difícilmente alguien pagará.

Y El Púas responde, sin sombra de duda: Si vale más. Lo que pasa es que no saben… pero eso es lo que pido. Órale, ofrezcan y se va con el mejor postor.

Entonces acerca su mano al reportero y muestra su anillo de ingreso al Salón de la Fama de Canastota, Nueva York, en 2010. También lo vendo, dice de inicio, y no espera la pregunta para decir: Dos millones de dólares.

Rubén Olivares rechaza estar mal de dinero.

No me estoy muriendo de hambre, no estoy en bancarrota. ¿Por qué dicen eso? A todos los que hablan los invito a que me vean dónde me siento a comer: todos mis alimentos son con aceite de oliva. Que vean dónde me duermo, dónde me baño, cómo me cuida mi familia. No tengo mucho dinero, pero vivo bien en mi barrio, dice molesto ante las versiones de que ofrece sus pertenencias para sobrevivir o para pagar una cuenta bancaria.

Olivares, renuente a dar entrevistas, explica el porqué decidió instalar un puesto en La Lagunilla.

No soy chacharero, aclara de inicio.

Y explica: Aquí estoy vendiendo historia, arte y cultura. Este puesto es para compartir lo que hice en mi carrera, que los que me vieron pelear recuerden lo que fui, lo que gané y que los nuevos me conozcan.

En ese momento llega una señora con sus hijos. Reconoce a El Púas, a pesar de la gorra rosa que porta –del Salón de la Fama de Canastota, por supuesto–, y le dice a sus hijos que fue un gran boxeador y los insta a que se tomen una foto con él.

Sin embargo, se marcha presurosa cuando un ayudante de Olivares le informa que cada foto con el ex campeón mundial cuesta cien pesos.

Todo mundo ha hecho negocio conmigo: mánagers, directivos, promotores, escritores, artistas, cineastas… Creo que es tiempo de que yo también reciba algo, dice y muestra el cuadro de madera con los apóstoles.

Quince mil pesos, señala El Púas, quien de niño trabajó en una carpintería de La Bondojito y desde entonces empezó a tallar figuras de madera, algo que considera todo un arte.

Porque su trabajo es artístico, Olivares colocó sobre la pared un letrero: “El Púas Olivares y el arte del tallado en madera”.

En la versión de Olivares de La Última Cena, a varios de los apóstoles les puso guantes dorados. Es hoja de oro, no es pintura, explica para los conocedores.

Ya ha tallado tres últimas cenas, para que no le entren las prisas cuando crezca la demanda.

En su pequeño puesto del bazar, sobre una manta verde, también muestra guantes autografiados, otras figuras de madera y libros de boxeo.

Esto no es morbo, es para compartir mi historia, insiste, y en eso llega un aficionado al pugilismo que le muestra dos recortes periodísticos: cuando ganó su primer título mundial (peso gallo) y cuando entró a Canastota.

El aficionado paga gustoso cuando le dicen que son cien pesos por tomarse una foto con su ídolo, más otros cien pesos por cada autógrafo.

Pocos compran, pero muchos preguntan. Una señora muestra interés por el terreno y se le informa que mide dos mil 516 metros cuadrados y que el precio es de dos millones y medio de pesos. La señora se va sin decir nada.

Sin embargo, El Púas, quien el pasado 14 de enero cumplió 70 años, no se preocupa. Cada año, en abril, es invitado al Salón de la Fama de Los Ángeles y en junio al de Nueva York, donde dice que sí valoran lo que ofrece… y además le pagan en dólares.

Allá pongo también mi puesto y por estos guantes autografiados pido 100 dólares. Y los gabachos me dan hasta 150 o 200 dólares, no que aquí todo se les hace caro, dice, y recuerda que cuando ganó su primer título, en 1969, le ofrecieron la ciudadanía estadunidense.

“¡Vieras cómo me quieren allá! Después de que le gané a Lionel Rose me daban la nacionalidad y yo ahí voy de pendejo a decir ‘No, gracias, yo soy muy mexicano’. ¿Por qué no la agarré? No que ahora ve: como está nuestro país de jodido y ahora más con este nuevo presidente de Estados Unidos (Donald Trump). ¿a dónde vamos a llegar?…”

La Jornada