Te Recomendamos

Doña Conchita, la florista universitaria… de Av. Universidad

La bandita ya la Topollillo, saluda aquí, saluda allá, al de los tamales y al de la tienda de autoservicio, al vecino y al Godínez que va rumbo a la oficina: se trata de doña Concepción Valle Guzmán, que cifra sesentainueve años de edad, y si necesitas un ramito de flores para conquistar, ella te puede tirar esquina.

@EduDomDel94 / edominguez@gimm.com.mx

Me dedico a esto de las flores pues… porque me gustó el ramo —¿el de las flores, el del trabajo, o ambos?—; llevo cuarentainueve años vendiéndolas, inicié por mis necesidades y porque también tenía una hermana que se dedicaba (al gremio), y me decidí por darle a lo mismo. Me gustaba… ¡y me gusta!

Habla mientras sujeta una Rosa roja por su tallo; quita las espinas con ayuda de un cuchillo; lo depurado lo deposita sobre un pedazo de cartón colocado en el suelo, para después llevarlo al bote de basura. Hace un ramo de Rosas y lo «siembra» en un bote con agua, listo para que sea llevado por el próximo enamorado”.

He trabajado en varios negocitos: vendía churros, vendía licuados, vendía frutas, pero esto es lo que más me ha gustado. Las compro en la Central de Abasto —el segundo lugar en la capital que más dinero mueve después de la Bolsa Mexicana de Valores—, pues queda cerca de mi casa.

Nací aquí, en la Ciudad de México, en la delegación Iztapalapa. Y vivo allí mismo, por el Eje 6, enfrente de las pescaderías. Las flores significan todo para mí. Con ellas he salido adelante y saqué a mis hijos; las flores significan alegría para los novios y todo eso. De aquí han salido matrimonios, ¿eh?”, se ufana.

¿Que cuáles son las que más me gustan? —Inclina la cabeza y los ojos hacia la copa del árbol que protege a su puesto de los rayos del sol—: pues a mí me gustan todas. Yo aquí vendo Lilis, Rosas, Claveles, Alstroemerias —lirio de campo, lirio del Perú o lirio de los Incas—, Crisantemos…

… Margaritas —con diferentes nombres, pero todas esas que ves por ahí son Margaritas—. Y pues sí, yo recomiendo vender flores porque es algo más significativo que cualquier otra cosa. Por ejemplo, si regalas un chocolate, luego las muchachas no quieren engordar, no les gusta y no se lo comen”.

Y diría que sólo a dos o tres por ciento de las personas no les gustan las flores; pero a la mayoría, hasta a los hombres, les encantan. ¿Cómo? ¡Sí!, sí se regalan flores a los hombres. Aquí vienen chicas y me dicen, pero sabe qué, señora, ¿a un hombre qué se le puede dar? Pues a él no le des Rosas ni Claveles:

A él dale Lilis, Casablanca, Acapulco. Para las mujeres son todas, claro. Rara es la mujer a la que no le gustan las Rosas. ¡Ándale, que te vaya bien, Diego! —le dice a un muchacho que se despide—. Hoy día se le siguen regalando más flores a las mujeres, pero ya se acostumbra regalar mucho a los hombres”.

Doña Conchita estaba sentada en el primer escalón de su puesto; parecía el escritorio de un profesor; era la cátedra de Teoría de las Flores I, impartida por la maestra Valle Guzmán. Hablaba de las plantas con una soltura, con una lucidez, cual médico especialista explicando su área. Ahora susurra, como contando un secreto por abajito del agua:

A veces vienen los chavos también por una Rosita para regalar a la novia. Aquí he visto que regalan una o dos docenas, o una rosa; antes venía un cliente y se llevaba hasta quince docenas para su novia. ¿A mí? Sí, sí me han regalado. Se siente bonito, porque yo vendo flores, pero que te las regalen, significa mucho”.

Me gusta mucho que me regalen arreglos grandotes y todo eso, en mis cumpleaños, ¿no?, no siempre. Yo disfruto arreglando mis flores, vendiéndolas. Sí estoy casada, pero mi esposo nunca me ha regalado flores, no se le da mucho —ríe mirando al piso—. Por mi parte, a veces les regalo flores a mis hijas.

También a mis sobrinas y a mis nietas. Tengo seis hijos: cuatro mujeres y dos hombres. De esto hicieron sus carreras y todos trabajan en lo que estudiaron: uno es ingeniero técnico, una educadora, otra contadora, la más chica es socióloga. ¿Que les diga algo?: Bueno… pues que los quiero mucho”.

Y que estoy orgullosa de ellos. Todos me ayudan cuando lo necesito y hasta cuando no lo necesito, en especial mis hijas. Tengo nueve nietos; el más chico tiene tres años y el mayor veintitrés. (Con respecto) de regalar flores a los muertos: es bonito detalle como para los que ya no tienen a su pareja.

O para los que se les fue un hijo. Pero a mi ver hay que dar las flores cuando estás en vida. Yo, por ejemplo, les llevo flores a mis papás, porque los tuve poco tiempo. Hay que disfrutar en vida: la comida, las flores, lo que sea. Los que me quieran encontrar que vengan a Avenida Universidad”, toma pluma y papel.

Esquina con Cerro Acasulco, colonia Oxtopulco Universidad, código postal 04318, al lado del número, ¿cuál es el número, joven? Es que no alcanzo a ver… ¡Ah!,1894 (…) Lo mejor es cuando la gente me chulea las flores: «¡Señora! Le quedó bien bonito el ramo, me lo agradecieron mucho, señora».

Lo que importa es que se den de corazón. Porque luego hay gente que viene y que a ver, pues deme unas que no estén tan caras, nada más por quedar bien, ¿no? Aquí uno luego luego se da cuenta. No, es que deme las más bonitas, y otros me piden hasta las más caras. Depende de cada persona”.

Lunes, miércoles y viernes llego a las once y media porque voy a surtir; y los demás días llego a las nueve o diez de la mañana. Me voy a las cinco y media. Tengo permiso hasta las ocho, pero a la edad que tengo, pues ya me es más difícil quedarme, y luego el transporte público es muy pesado.

El mejor día para vender es el de las Madres: lleno mi puestecito y todo se va. Ahora sí que todos tienen mamacita, ¿no? Barro con lo que traigo y gracias a Dios todas las flores vuelan. Pienso retirarme cuando mi salud lo impida. Mis hijas ya no quieren que trabaje, pero yo no puedo dejar de trabajar. Me muero”.

Agradezco también a Dios que ni mis hijos ni mis nietos hayan agarrado vicio. Y crecimos en un lugar donde se da mucho. No que ahora los jóvenes salen mariguanitos —doña Conchita agarra con la yema de sus dedos una bachita de mota imaginaria, tan diminuta que le quema los labios cuando le jala.

Sí se echaran su tequilita y todo eso, en una fiesta, pero no me salieron malos aunque los abandoné… los abandoné para trabajar. Pues bueno, tómame una foto, aunque te advierto que no soy muy fotogénica, ¿eh? Sí, aquí está bien, aquí me gusta, con mis flores…”.

 

Excélsior