Héctor Torres Maubert

Diez años de una guerra declarada

Parte de Novedades…
Era el 11 de diciembre de 2006, cuando unos siete mil soldados y agentes federales llegaron a Michoacán. Los helicópteros zumbaban por encima de los vehículos Hummer del Ejército mientras las fuerzas de seguridad ocupaban sus posiciones en todo el estado.
Comenzaron a establecer retenes en las principales carreteras. El Ejército desplegó 17 avionetas Cessna, 29 helicópteros de toda clase y más de 250 vehículos. Se estableció un centro de comando en la 43 Zona Militar, en Apatzingan, el lugar natal del grupo criminal de “La Familia”.
Al cabo de siete días, las autoridades anunciaron sus primeros logros. Los cuatro mil 260 soldados, mil 054 elementos de la Marina, mil 420 policías federales y 50 agentes de ministerio público se habían distribuido entre las 131 nuevas bases de operación en Michoacán.
En cada punto,  secciones de 30 soldados y policías se encargarían de erradicar las drogas; los demás establecerían retenes y realizarían redadas. En todo Michoacán se habían montado 24 retenes en carreteras principales y caminos secundarios para inspeccionar los vehículos en busca de drogas y armas.
Habían atrapado a 13 presuntos traficantes. La vigilancia aérea había detectado unos 100 sembradíos de marihuana. Se habían incautado fusiles  AK-47 y unas mil municiones. No era nada, comparado con el arsenal que se calculaba tenia almacenado del crimen organizado. Pero era el comienzo de una guerra ya en forma y declarada.
Calderón había elegido Michoacán para declarar la guerra al crimen organizado. No fue una elección al azar. Michoacán era su estado natal. En ese momento sufría una violencia sin precedentes: decapitaciones, balaceras, secuestros.
Casi un mes después, un presidente civil con una chaqueta militar, arropado por militares, rodeado de militares, es captado por las cámaras de los compañeros reporteros saliendo de la 43 Zona Militar de Apatzingán.
En su calidad de mando supremo de las Fuerzas Armadas, Felipe Calderón apareció vestido con amplia casaca militar, sin abotonar, y quepí con las insignias de cinco estrellas y el águila bordadas en negro.
A su lado en ese momento el secretario de la Defensa Nacional, el general Guillermo Galván Galván, con sus condecoraciones y sus cuatro estrellas doradas sobre el escudo nacional en su gorra, grado del secretario.
A la izquierda de Galván, el general de división Manuel García Ruiz, tres estrellas y el escudo nacional en el quepí, mando único del Operativo Conjunto Michoacán y el comandante de la XII Región Militar, con sede en Irapuato, Guanajuato, y cuyas zonas militares de Michoacán estaban bajo su mando.
Otros generales, ambos de brigada, dos estrellas sobre el escudo nacional, uno de ellos es el jefe del Estado Mayor Presidencial, la guardia militar de la dispone el presidente de la República. Ambos destacan sobre el poder civil, lo mismo que otro militar vestido de civil, es un miembro del Estado Mayor Presidencial. Más atrás aparece un teniente coronel al parecer de transmisiones y ayudante del general Galván.
También se observa al Almirante secretario de Marina en el sexenio de Calderón, Francisco Saynez Mendoza, y a su lado, el almirante Benjamín Macías Galván, comandante de la IV Región Naval, con sede en Manzanillo, Colima, responsable de la Armada en el operativo Michoacán y atrás de él, un vicealmiramte comandante de la zona naval en Lázaro Cárdenas, Michoacán.
Atrás en tercera fila y siguiendo a los militares y al mando supremo, apenas se asomaba el poder civil; era en ese momento el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña, responsable de la política y de la seguridad interior del país.
Es improbable que Calderón no hubiera previsto la tragedia que iba a provocar. El Ejército está entrenado para matar. Según cálculos serios de diferentes análisis, han muerto más de 200 mil personas, desaparecido 25 mil y hay 280 mil desplazados en esa “guerra”.
Imposible medir los daños colaterales y los homicidios de inocentes, la destrucción de familias y de pueblos enteros por el crimen organizado en venganza contra el estado por utilizar a las fuerzas armadas.
Calderón no pudo detener el tráfico de armas ni prever lo que sucedería cuando el ejército y los narcos entraran en contacto con la población inerme.
Esa imagen la recordará la historia, porque fue el principio de una guerra  declarada contra un enemigo que no se ha podido vencer.