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El día que México celebró su fiesta de quinceaños

Un niño se encuentra en la calle una cartera: dinero, documentos oficiales, memorabilia íntima. El niño se dirige a la única radiodifusora del pueblo y pide al locutor que informe del hallazgo al espectro de amplitud modulada. No pasan 30 minutos antes de que el propietario aparezca y rescate sus pertenencias. El niño es entrevistado al aire y recibe un par de telefonemas –uno de ellos proveniente del poblado vecino– felicitándolo por ser honesto. Al salir de las instalaciones, el dueño de la cartera le compra al niño una paleta de limón.

¿Qué tiene que ver esta anécdota con los quinceaños de Rubí, celebrados el pasado 26 de diciembre en el ejido La Joya, San Luis Potosí?… Aparentemente, todo.

Sigo deleitándome con el video original que promueve la Fiesta de XV Años (así se escribe en mexicano) de Rubí Ibarra. En él, el padre de la ahora más famosa cumpleañera del país describe encantadoramente los eventos programados para celebrar a su hija y dice a las redes sociales (frase clave para la viralización del video) que “están todos invitados”. Cresencio Ibarra reacciona frente a la tecnología del siglo XXI con un espíritu semejante al del niño que encontró la cartera: hay que avisar a “la gente” que algo ha ocurrido u ocurrirá, y hace esto con el criterio de un hombre que puede tener acceso a Facebook pero no intuye con mucha claridad lo que esta plataforma es capaz de generar en términos políticos, culturales o demográficos. Su noción de “la gente” sigue aún afincada (a diferencia de lo que ocurre con personas más jóvenes y/o en comunidades urbanas) en la experiencia pragmática, casi diría fabril de la comunicación –en tanto que se traduce más bien en objetos o en un tejido interpersonal sólido y no en relaciones ocasionales.

¿De dónde vienen la gente y el dinero que convirtieron una fiesta de rancho en un mega Woodstock a la mexicana?

No importa cuántas personas acudieron a la fiesta de Rubí, la trama privada de la vida de esta adolescente se reducirá –a menos de que Televisa consiga kardashianalizarla, cosa que me parece improbable– a mucho menos que eso. El hardware de los Ibarra puede haberse globalizado, pero su mentalidad no –y esto es más que evidente en las varias entrevistas que la familia ha concedido a medios electrónicos. ¿Podemos culpar a Cresencio?… Al contrario: sospecho que algunos yonquis de las redes sociales nos parecemos a él. Si la humanidad evolucionara hasta el Estado perfecto de Facebook (una distopía donde el fascismo y el anarquismo se toman de la mano), tal vez podríamos bautizar ese avatar como Homo Cresentius: aquel que planeó una fiesta para 800 personas y tuvo que recibir en su casa a 15.000 y al final sucumbió –es un decir, no un spoiler– aplastado por el caballo de la popularidad.

Existen aspectos elementales, tal vez incluso anodinos que me inquietan del fenómeno Rubí. Por ejemplo: ¿de dónde vienen la gente y el dinero que convirtieron una fiesta de rancho en un mega Woodstock a la mexicana? Mi novia, que es muy lista, me hizo ver el estratégico calendario de los memes: “Los XV de Rubí se convirtieron en una atracción de holiday, algo así como ‘estamos de vacaciones, tenemos dinero del aguinaldo y un montón de tiempo libre, qué hacemos, inventemos una fiesta virtual’”. Esto explica el aspecto rabelesiano, pero no la forma en que los medios de comunicación y algunos componentes institucionales (desde Layín, el alcalde que roba poquito y le obsequió un automóvil a Rubí, hasta el gobernador de San Luis Potosí, quien acudió al banquete en helicóptero en medio del tremendo desabasto de gasolina) han explotado el evento. Lo que han vendido al mejor postor no es una fiesta sino una persona: una niña. Se trata del triunfo del Estado post-reality-show, incapaz incluso de generar sus propios contenidos de frivolidad; un buitre ideológico que se alimenta de la carroña social de la viralización. Es rara, esa expresión: “se hizo viral”; presupone que deberíamos estar encantados con algo que es contagioso hasta los límites de la epidemia y carece de cura.

Para los medios, se trata de capitalizar la fama hasta sus últimas consecuencias aunque ésta se haya obtenido en un envase hecho de burla

En una de las varias entrevistas que concedió, Cresencio Ibarra confesó sentirse culpable por haberle ocasionado un mal trago a su hija. De inmediato los conductores del programa de televisión se apresuraron a contradecirlo, a explicarle que la fama reciente de su hija era un regalo extraordinario. Así lo deja ver también el hecho de que la información televisiva en torno a la fiesta de Rubí se haya ofrecido invariablemente en la sección de espectáculos. Para los medios, el sintagma es muy claro: se trata de capitalizar la fama hasta sus últimas consecuencias aunque ésta se haya obtenido en un envase hecho de burla. Sin embargo, ningún miembro de la familia Ibarra parece percibir así las cosas hasta ahora, e incluso varios medios registraron que, durante la fiesta, la madre de Rubí dijo que los periodistas eran menos entendidos que los animales. Lo que, por supuesto, me genera una simpatía inmediata: sucede algo vagamente contestatario, muy superior al discurso de los radicalillos de campus, cuando ciudadanos comunes y corrientes deciden oponer resistencia a la retórica del meme y el hambre de los buitres.

Está, por último, el aspecto estético: la novela. Más allá de los intentos de ridiculización, los XV de Rubí son también un relato posmoderno, un cuento a la Baricco o García Márquez, una película de Kusturica o Giuseppe Tornatore; subsiste, en el fondo de esta olla podrida, un grado de tristeza y de ternura. En una entrevista reciente, el escritor Amos Oz declaró que “el chismorreo es […] una prima lejana de las novelas y las historias, aunque no se saluden por la calle porque se avergüenzan de este miembro de la familia”. Me gustaría creer que algunos, entre los que me cuento, hemos disfrutado los XV de Rubí de la manera más desinteresada e intensa posible: en su carácter de experiencia narrativa. Fue un buen relato mientras duró. La información dejó de fluir en los medios más o menos a las 9:05 pm. Quiero imaginar que para entonces ya todos (inclusive los reporteros) estaban borrachos y eufóricos. Quiero imaginar que el relato se desvanece cuando se entrega paulatinamente a lo único real que había debajo de tanta parafernalia mediática: la pachanga pura y dura, patrimonio nacional. Quiero imaginar que, a pesar del cinismo y la violencia y el abuso verbal y la discriminación y el oportunismo y la frivolidad, México sigue siendo una fiesta.

Julián Herbert es poeta y novelista

 

El País