Cultura

Un hito en la historia LGBT

Antonio Bertrán
Cd. de México (17 diciembre 2016).- Siete de los detenidos en la famosa redada del Baile de los 41 Maricones, ocurrida la madrugada del 17 de noviembre de 1901, se ampararon contra la “conscripción forzada” a la que fueron condenados y recibieron, en todos los casos, una resolución a favor por parte de los Tribunales de Distrito de la Ciudad de México.

Juan Carlos Harris, un abogado de 40 años que se autodefine como “historiador frustrado”, halló los oficios en el Archivo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Se trata de un hito para la historia de la homosexualidad en México, ya que es la primera ocasión que los nombres de los detenidos aparecen en un documento oficial, más allá de las notas periodísticas de entonces.

Los nombres de los siete amparados por los tribunales, son: Pascual Barrón, Felipe Martínez, Joaquín Moreno, Alejandro Pérez, Saúl Revilla, Juan B. Sandoval y Jesús Solórzano.

Harris subraya que los amparos permiten establecer que, incluso en su época, fue ilegal el castigo de la leva por el cargo de “faltas a la moral” que recibieron esos varones tras haber sido sorprendidos -la mitad travestidos de mujer- mientras se divertían aquel domingo de hace 115 años en una “accesoria de la cuarta calle de La Paz (hoy Ezequiel Montes, colonia Tabacalera)”, según reportaron, con lujo de escarnio homofóbico, diversos periódicos capitalinos como El Imparcial, El Popular, La Patria y El País.

“Los amparos también nos permiten tener la certeza de que esos siete nombres son verdaderos, porque sin duda los más hábiles declararon nombres falsos, que suenan a genéricos como Juan López o Luis Hernández, los cuales fueron difundidos por los periódicos”, explica el abogado en derecho corporativo.

“Creo que quienes sí dieron sus datos reales fueron los más jóvenes e ingenuos, entre los que hay uno de apellido afrancesado que no se amparó pero he podido rastrear a través de una descendiente: Enrique Poupard”.

El investigador, que dio a conocer su hallazgo el 9 de noviembre en el Noveno Seminario de Historia LGBTTTI que organiza anualmente la asociación Archivos y Memorias Diversas, agrega en entrevista que, a principios del siglo 20, los documentos de identidad eran el acta de nacimiento, la fe de bautismo, la identificación militar y el pasaporte.

“Documentos que nadie andaba cargando, por lo que era más fácil chorearse a las autoridades”, explica.

Los documentos judiciales que halló aportan también algunas curiosidades: en el caso de Saúl Revilla, el amparo fue interpuesto por su esposa; mientras que el de Felipe Martínez, lo promovió su mamá; y el de Alejandro Pérez, su hermano Esteban.

“Algunos admiten haber estado vestidos de mujer pero se justifican diciendo que se trataba de un baile de disfraces”, revela Harris.

Un año tomó al abogado “armar el rompecabezas” sobre este suceso histórico, emblemático de la discriminación y el acoso hacia la comunidad gay porque el 41 se volvió, en palabras de Carlos Monsiváis, “la señal del choteo, la parodia, la descalificación sarcástica. 41, ¡zafo! Ése es 41”.

“Acordémonos que debido a la redada, en el Ejército no había batallón 41”, subraya el abogado.

Algunos activistas LGBT, como el desaparecido Antonio Cabrera Saucedo, se han interesado en el tema y reunieron los materiales hemerográficos, pero el hilo de la madeja judicial le brincó a Harris al revisar los documentos compilados en The Famous 41: Sexuality and Social Control in Mexico, 1901, de Robert McKee Irwin.

“En un diario se daba cuenta, con sarcasmo, que a uno de los condenados le llegó el amparo cuando ya iba como soldado camino de Yucatán”, cuenta. “Me negaba a pensar que yo fuera el único al que se le había ocurrido buscar en archivos judiciales, pero me hice a la tarea, primero a través de la página de la Suprema Corte, un poco por ensayo y error entre el 17 de noviembre de 1901 y el 3 de enero de 1902”.

El investigador se centró en los casos penales hasta que aparecieron los de conscripción forzada. “De pronto cayó el primer nombre y luego, como racimo, los otros seis que estaba en las listas de prensa”.

Tras la redada de ese baile privado, en el que siempre se rumoró que estuvo Ignacio de la Torre y Mier, yerno de Porfirio Díaz, a quien se dejó escapar, los 22 que iban vestidos de hombre fueron remitidos, según el diario La Patria del 21 de noviembre de 1901, al 24 Batallón, donde se les cortó el pelo, y los 19 en trajes femeninos llegaron a las barracas de “la Montada”.

“Quien ordenó que barrieran las calles de la ciudad vestidos de mujer, para exponerlos a las burlas públicas, fue el Gobernador del DF (Ramón Corral, después vicepresidente de Porfirio Díaz), una pena que decidió por sus pistolas, ya que no estaba estipulada en ninguna parte”, explica Harris.

Tal escarmiento, al igual que el “indecente” baile, fue ilustrado por José Guadalupe Posada e impreso en hojas volantes en la imprenta de Antonio Venegas, acompañado con un corrido cuyos versos burlescos arrancan: “Aquí están los maricones/muy chulos y coquetones”.

Los también llamado “lagartijos” o “jotitos” que pertenecían a familias influyentes, lograron evadirse, pero debido al revuelo popular, el proceso que se les siguió a los que no pudieron comprar su libertad tuvo una velocidad inusual para la época, y la pena un claro sentido de castigo ejemplar.

Cinco días después de la redada, el 22 de noviembre, los detenidos fueron subidos a un tren y enviados a Veracruz por orden del Inspector de Policía, Eduardo Velázquez, para luego embarcarlos con destino a Yucatán para, según la hoja de Venegas, combatir a los mayas.

“¿Cómo que el Inspector de Policía da la orden, y por un asunto administrativo que eran las faltas a la moral son reclutados como leva, a la cual eran sometidos en la época los vagos y malvivientes? Fue un proceso con muchas irregularidades, de ahí que los tribunales los ampararon”, explica Harris.

El investigador también localizó, en el archivo de la Marina, la bitácora del vapor José Romero, que el Gobierno Mexicano rentaba para trasladar carga y tropa de Veracruz a Yucatán, en el que se asienta que ese noviembre el barco llevó soldados en la ruta Veracruz-Progreso-Payo Obispo.

“Lo más probable es que, los para entonces 12 o 19 que quedaban de los 41 -según el periódico que se consulte-, fueran llevados en este barco a Payo Obispo, una micropoblación recién fundada que hoy es Chetumal, capital de Quintana Roo, pero que entonces pertenecía a Yucatán, para pelear en la guerra de castas; pero cuando llegan resulta que había terminado unos días antes”.

El también apasionado de la historia de la filatelia -colecciona sobres del correo mexicano censurados durante la Segunda Guerra Mundial en países como Alemania-, planea publicar en un libro sus pesquisas sobre los 41, y adelanta que espera poder corroborar que son reales otros dos nombres de las listas de prensa. “No los puedo dar ahora porque aún me faltan contrastar algunos datos”.
El Tío Poupard
Enrique Poupard, uno de los 41 cuyo nombre aparece en la lista del diario El País, tenía 18 años cuando ocurrió la redada; hacia 1903 emigró con un hermano a Pensilvania, donde trabajó como obrero en las minas de carbón, y se casó con Enriqueta Godínez cuando ésta tenía 12 años y él 21. La pareja procreó cinco hijos.

Después de haber hallado una nota de prensa de 1899, donde se asentaba que un Enrique Poupard, de 16 años, había sobrevivido a un accidente de tren cuando viajaba en primera clase de León a la Ciudad de México, Harris se puso a rastrear en la red el peculiar apellido que, creía, podría haber sido aportado de buena fe por el detenido.

Y, ¡bingo!, apareció una sobrina bisnieta: Ivonne Poupard Larreategui.

“Cuando me ratificó que Enrique Poupard era su pariente y le dije, con mucho tacto, que había estado en el famoso Baile de los 41, se sorprendió pero positivamente, y me contó que ahora entendía por qué contaba su abuela que a pesar de pertenecer a una familia con recursos y ser educado, el tío se había ido a trabajar como obrero del carbón a Estados Unidos; sonaba a destierro y a una especie de escarmiento”, refiere el investigador.

Para fortuna de Harris y la historia gay, varios descendientes de la familia Poupard -emigrada de Francia a México en el siglo XIX- eran fanáticos a la genealogía. “Ivonne me envió su árbol genealógico, en el que se asienta que Enrique nació en 1883 y murió a mediados de los años 20, y su esposa vivió de 1892 a 1968. ¿Habrá sido bisexual o un gay al que la familia obligó a guardar las apariencias?”.

Harris intuye que, tras la leva, algunos de los 41 podría haber seguido una carrera en el Ejército, incluso haber participado en la Revolución del lado federal o rebelde, así que su brújula apunta ahora a los archivos militares.

“Estas personas son protomártires, sufrieron homofobia de veras, no nada más como las babosadas de (el vocero de la Arquidiócesis Hugo) Valdemar”, concluye el abogado.

Reforma