Más allá de la política

En defensa del TLCAN… y de algo más

Cd. de México.- Rescatar empleos perdidos y reencontrar la ruta del bienestar de sectores de la población afectados por las transformaciones operadas en el mapa de la economía mundial exige recobrar la competitividad. Esto no se logra con gestos paternalistas con los trabajadores, ni con desplantes autocráticos con las empresas, ni desconociendo a los socios comerciales en los tratados internacionales. Hostilizar las relaciones de comercio e inversión con México puede ciertamente afectar la integración avanzada durante casi un cuarto de siglo de la región económica que ha generado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, (TLCAN). Pero no elevará las condiciones de competitividad de Estados Unidos con otras regiones. Por ejemplo, para competir hoy con Asia no bastará con la fuerza comercial de la gran potencia económica de Estados Unidos ni con cerrar, a la defensiva, sus fronteras a los productos de aquella región. Lo que procede, en cambio, es fortalecer y no minar la región de pertenencia, entendida como la más efectiva plataforma de competitividad de las naciones.

Así lo entendimos en los primeros años de la década de 1990 los gobernantes de los tres países de la región de América del Norte. Tuvo antecedentes y circunstancias precisas. A mediados de 1979, y antes de ser Presidente, Ronald Reagan visitó México y le propuso al presidente José López Portillo un Tratado de Libre Comercio para América del Norte. La respuesta del mandatario mexicano fue contundente: “Ni nuestros hijos ni nuestros nietos verán nunca ese día”. La razón era comprensible: en esa época México basaba su desarrollo en una economía cerrada y sus exportaciones dependían del petróleo.

Además, había fuertes razones históricas para rechazarlo, sintetizadas en una expresión del inicio del siglo XX que reflejaba una fatalidad con tintes religiosos: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Esta frase se remontaba a la historia en que México perdió la mitad de su territorio por la arbitraria expansión al sur de la Unión Americana, en la primera mitad del siglo XIX, que remató con la invasión y la guerra de 1846-1848. Un joven comandante del ejército invasor, Ulises Grant, llamó a aquella operación “una de las guerras más injustas jamás emprendidas por una nación poderosa en contra de otra más débil”. Para los estadounidenses aquella se convirtió en la “guerra olvidada” y, sin embargo, como bien se ha dicho, los envenenó, pues el intento de imponer la esclavitud en los territorios recién incorporados de California y Nuevo México (que incluían Nevada, Utha y Arizona) fue el preámbulo de su terrible Guerra Civil. Para los mexicanos este evento desgarrador forma parte de la memoria colectiva, como lo son también las dos intervenciones militares de Estados Unidos en México al inicio del siglo XX.

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Menos de una década después de la visita de Reagan, en noviembre de 1988 me reuní con el presidente electo George H. W. Bush en Houston, en Texas. Estados Unidos acababa de firmar un Acuerdo de Libre Comercio con Canadá y Bush me propuso extenderlo a México. Mi respuesta fue nuevamente de rechazo, pero por razones distintas.

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El ‘muro’ de Mr. Trump y el TLCAN
“Cerrar el TLCAN significaría más desempleo en México y provocaría más migración, la cual ningún muro podrá detener por alto o largo que sea. Y habría que sumar el impacto adverso en los bancos de filiales norteamericanas…”.
Carlos Salinas de Gortari
Ex presidente de México
Además de ser México una economía en desarrollo al sur, frente a la economía más poderosa del mundo al norte, en ese momento el país padecía la carga del excesivo endeudamiento con más de 500 bancos comerciales en el mundo. Teníamos que reducir la deuda externa y no sólo reprogramarla. Proceder a una negociación simultánea de deuda y comercio hubiera significado que las reducciones de deuda se harían a cambio de eliminar nuestros aranceles, pero sin lograr acceso justo y ordenado al mercado estadounidense. Rechacé la negociación del TLC, pero lanzamos con gran éxito y de manera conjunta el Plan Brady, que hoy anhelarían los países endeudados de la Unión Europea.

Un “golpe de fortuna” cambió las circunstancias. Un año después, en noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín y poco después el Presidente Bush y el Premier Gorbachov de la Unión Soviética acordaron en Malta concluir la Guerra Fría. El interés mundial se volcó a Europa Central y del Este. Este evento inesperado significó para México la perspectiva de esperar indefinidamente para obtener los beneficios de la reducción de la deuda y volver a crecer. El nuevo contexto nos obligó a recordar aquella sentencia y aquel reclamo de Keynes: “Cuando los hechos cambian, yo cambio mi proceder. Y usted ¿qué está dispuesto a hacer?”.

Por eso, en enero de 1990, en Davos, le comunicamos al gobierno estadounidense nuestro propósito de negociar un TLC. En ese momento no anticipamos proceso tan largo ni tan complicado. La negociación, que incluyó a Canadá, llevó cuatro años.

Durante ese lapso la relación México-Estados Unidos entró en una nueva etapa de maduración para procesar nuestras diferencias y darles cauce a los intereses nacionales encontrados. Inauguramos un ciclo que nos permitió gestionar unas relaciones marcadas históricamente bajo el signo del conflicto, en un nuevo esquema de complementariedad en que pudimos asumirnos sucesivamente como aliados y adversarios en un plano de dignidad y respeto. Ya no se trataba de padecer la fatalidad de la vecindad, sino de construir un destino compartido.

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Éste es el esquema que tendría que prevalecer hoy, a la vista de los desafíos planteados por la retórica de campaña del ganador de la elección presidencial en Estados Unidos.

En efecto, en aquel tiempo los presidentes de México y Estados Unidos fuimos sucesivamente aliados y adversarios. Y lo hicimos de una manera fluida, civilizada y madura. Fuimos aliados para promover el fast track ante el Congreso estadounidense. Después fuimos adversarios en la negociación del Tratado y sus Acuerdos Paralelos. Y nuevamente fuimos aliados para lograr su ratificación.

En diciembre de 1992, lo suscribí con el presidente Bush y el Premier Mulroney de Canadá. Bill Clinton, quien a lo largo de su campaña presidencial lo había criticado, finalmente finalmente lo abrazó en un discurso en la Universidad de Carolina del Norte, un poco antes de su triunfo, en 1992. Allí, reconoció que los mexicanos habíamos tomado decisiones unilaterales para nuestra modernización que habían repercutido en una mejor relación con Estados Unidos; que nosotros habíamos propuesto la negociación y, en lugar de promover la reapertura del Tratado, pasó a la negociación de acuerdos complementarios en las materias laboral y ambiental.

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El próximo 1 de enero, el TLCAN cumple 23 años en vigor y, en 20 días más, se conocerá quizás con mayor claridad la magnitud de los retos que enfrentará en el futuro inmediato. Esta prueba se presentará en un tiempo en que el Tratado es cada vez más apreciado por la mayoría de los mexicanos, por los beneficios que ha generado para la economía de nuestro país, en simetría con los beneficios recibidos por la economía de Estados Unidos y Canadá. Bajo el TLCAN México dejó de ser país monoexportador de petróleo para exportar ahora más de mil millones de dólares, cada día, tanto de jitomates, aguacates y chiles (todos originarios de México), como de automóviles, televisores, computadoras y celulares. Pero también es cierto que cada dólar de exportación mexicana contiene 40 centavos de importaciones estadounidenses, lo que significa más empleos en ese país. De esa intensa interrelación dependen más de 7 millones de empleos en Estados Unidos y 3 millones de trabajadores en México. Y, contra la simplificación del planteamiento que cifra estos logros en los bajos salarios del trabajador mexicano, la verdad es que los empleos mexicanos ligados al TLCAN obtienen salarios 40 por ciento superiores al resto de la economía, y 90 por ciento son sindicalizados.

El TLCAN se convirtió en un acuerdo de inversión al quintuplicar los flujos anuales de capital hacia México.

Contra quienes sostuvieron que el Tratado dividiría a México del resto de los países latinoamericanos, la verdad es que estimuló también nuestro comercio con América Latina, región en la cual las exportaciones mexicanas antes del TLCAN sólo representaban el 10 por ciento del total y ahora superan el 25 por ciento.

Aunque los números hablan de los también impresionantes rendimientos del Tratado para la economía estadounidense, en materia de empleos y exportaciones, el reciente proceso electoral al norte de nuestras fronteras nos vino a mostrar que el TLCAN no goza de la misma aceptación en Estados Unidos.

Dos imágenes son repetidas allá constantemente: la de ciudades depauperadas por el cierre de manufacturas, sobre todo en el llamado Rust Belt, y el flujo de migrantes a través de su frontera sur. Se ha dicho desde hace un siglo que al amarillismo le basta una fotografía para hacer una guerra o, podría decirse hoy, para tratar de cancelar un Tratado.

Muchos han contribuido a los estereotipos que se han dejado formar alrededor del Acuerdo. Recuérdese que el presidente Kennedy señaló que “el peor enemigo de la verdad no es la mentira, sino el mito, persistente, persuasivo y alejado de la realidad”. En la consolidación de esos estereotipos tan dañinos ha jugado un papel fundamental la falta de responsabilidad de políticos, dirigentes y medios, que no han explicado con claridad las causas del cierre de fábricas en Estados Unidos y del flujo de nuestros migrantes al norte. El Rust Belt empezó a perder participación de las manufacturas en el PIB, como el resto de la industria en Estados Unidos (incluida la industria carbonífera), a partir de los años 60, tres décadas antes del TLCAN (también se convirtió en importador neto de frutas y legumbres a partir de los 70). Durante los 80, la notable apertura de China tuvo un efecto muy significativo en la migración de industrias estadounidenses al gigante de Asia. Esto se complicó con el cambio ocurrido en todo el sistema capitalista y el aumento de los servicios, acompañado del proceso tecnológico de “destrucción creativa”. Lo mismo ha sucedido en todos los grandes países occidentales: una desindustrialización en el Reino Unido previa también a su ingreso a la Unión Europea, lo cual no impidió culparla de ese proceso en el referéndum ganado por el Brexit. Y lo mismo se puede decir de la resistencia al TLC de Canadá con la Unión Europea, por parte de la región de Walonia en Bélgica.

En el caso del TLCAN, lo que no se ha dicho con claridad y contundencia es que, a pesar del proceso de desindustrialización en las grandes economías, entre los 10 estados de la Unión Americana que más empleos han obtenido del TLCAN, además de California, Texas, Nueva York y Florida, están precisamente los del Rust Belt: Ohio, Michigan y Pensilvania.

Las dirigencias políticas tampoco han explicado la explosión de la migración masiva de mexicanos a Estados Unidos, la cual, de acuerdo al FMI, arrancó en 1997 como resultado de la terrible crisis económica ocurrida en México en 1995. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha confirmado que fue precisamente el TLCAN el que permitió a México salir de esa crisis y así contener la explosiva migración, que tras la recuperación mexicana, sustentada en el TLCAN, hoy arroja números negativos, es decir regresan más mexicanos de los que se van.

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El Tratado se debe modernizar, sin reabrirlo, para reconocer el cambio del sistema productivo ocurrido durante estos años. Es comprensible el enojo de los votantes del Rust Belt y otros por la pérdida de empleos basados en la vieja planta manufacturera de esos estados. Pero si en verdad se quiere elevar la competitividad de Norteamérica hay que hacerlo respecto a Asia, y la economía mexicana es un elemento clave para la elevación de esa competitividad, como se muestra en el libro El TLC y la formación de una región. Un ensayo desde la perspectiva mexicana, de Jaime Serra Puche, publicado por el FCE en edición bilingüe. Se trata de un estudio econométrico en el que se profundiza en las variables introducidas por el TLCAN a la región, y en el cambio estructural que esas variables produjeron a más de 20 años de su entrada en vigor.

Si Estados Unidos quiere competir con los productos chinos sería más efectivo hacerlo desde la región norteamericana con la participación -y no con la exclusión- mexicana. “Matar el TLCAN”, como proponen algunos, también significaría la pérdida de millones de empleos en Estados Unidos y sus efectos en México serían mayores.

Cuando se negoció el TLCAN México tenía 90 millones de habitantes: hoy son más de 120 millones. Cerrar el TLCAN significaría más desempleo en México y provocaría más migración, la cual ningún muro podrá detener por alto o largo que sea. Y habría que sumar el impacto adverso en los bancos de filiales norteamericanas derivado de la correspondiente quiebra de bonos de empresas mexicanas.

Cada país es celoso de su soberanía. En una negociación, el ejercicio de la soberanía radica en tener la capacidad para alcanzar acuerdos y aplicarlos internamente. Pero ambos países pierden cuando no tienen un consenso entre ellos sobre qué reglas utilizar.

En materia migratoria, en México no nos hemos opuesto a la aplicación de las leyes dentro del territorio de cada país. Ese principio lo compartimos en México, con el necesario agregado del respeto a la dignidad de los migrantes y sus derechos humanos. En ese punto, es esencial evitar situaciones de violencia y persecución o de racismo encubierto. Los mexicoestadounidenses tienen una ética del trabajo y ambición legítima de mejorar su situación familiar, y su migración ha significado pérdida de capital humano para México. Colaboremos para crear oportunidades. Hay que encontrar soluciones beneficiosas para ambas naciones, como los proyectos de infraestructura compartidos (incluso con un compromiso de importar insumos de Estados Unidos) y así construir puertas nuevas para atravesar nuevos y viejos muros. Hagámoslo de una manera inteligente.

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Cancelar el TLCAN sería imponer costos en ambos países que van a generar tensiones, angustia y retroceso, así como procesos inflacionarios, cuando los mismos recursos podrían utilizarse para aumentar significativamente el empleo en las dos naciones.

La enorme inestabilidad que generaría la cancelación del TLCAN en su vecino al sur sería acompañada por un daño mayor: fracturaría el cambió histórico que significó para México relacionarse de manera diferente con Estados Unidos. Con reglas claras y no con ocurrencias ni actos discrecionales. Con nuevas instituciones para reducir la dependencia de personalidades populistas a derecha e izquierda, que en su expresiones extremas se unen en nuestra región contra la libre competencia en economías abiertas.

El TLCAN dejó atrás el viejo camino que seguían los mercados internacionales, donde las finanzas siempre definían el rumbo, seguidas por el comercio, con los gobiernos a la zaga, tratando de anticipar, la mayoría de las veces sin éxito, con sus aranceles, a dónde iban o debían ir el capital y el comercio. El Tratado sustituyó esos recursos ineficaces con una nueva relación en la que las políticas nacionales, bien pensadas y negociadas para plazos largos, han permitido la estabilidad esencial para una inversión productiva a largo plazo para el desarrollo incluyente.

Difícil sería para los mexicanos en México y los estadounidenses de origen mexicano comprender lo que sería un nuevo divorcio histórico entre las dos grandes naciones, cuya creciente interrelación no podrá ser impedida por decisiones burocráticas que irían contra la realidad efectiva. El TLCAN contribuyó a romper la fatalidad histórica de la vecindad con Estados Unidos e inició la construcción de un destino compartido en una región comercial próspera y estable. Si se cancelara, ¿se acercaría Dios más a México para que “los cielos no se oscurezcan”?

Reforma Carlos Salinas de Gortari

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El autor fue presidente de México de 1988 a 1994.