Opinion Nacional

Castro, entre sotanas y casineros mexicanos

José María Guardia, mejor conocido en los círculos políticos y de los juegos de azar en México como “Chema” Guardia, presumía ser uno de los tres mejores amigos de Fernando Gutiérrez Barrios.

Se conocieron cuando don “Chema” Guardia padre –un filipino al servicio de la inteligencia norteamericana, al igual que don Fernando- los presentó en la década de los 60.

Tan cercana fue la relación, que en 1990 su amigo, el secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios, le regaló a Guardia el Hipódromo y Galgódromo de Ciudad Juárez, que fue la semilla de Cesta Punta Deportes, el emporio del juego desde donde florecieron casinos como Caliente.

Para los cercanos, Guardia era el custodio de los intereses ocultos de Gutiérrez Barrios. Y por esa misma confianza, cimentada en la complicidad, fue que se convirtió en el emisario eterno entre don Fernando y su amigo Fidel Castro.

Y para justificar los frecuentes viajes del amigo casinero a La Habana, los hábitos y las sotanas fueron el mejor camuflaje para departir, lo mismo en Cuba que en México, con el comandante Fidel.

Arropado bajo una bien armada estructura de filantropía, “Chema” Guardia se instaló como el custodio de la Orden de Santa Brígida en La Habana, a quienes les llevaba comida y medicinas, y más tarde les construiría su nuevo convento.

Para esta obra pía, “Chema” Guardia siempre contó con el beneplácito no solo de Fidel Castro, sino de un alto dignatario eclesial de México: el cardenal Juan Sandoval Íñiguez.

Ambos estrecharon lazos cuando el prelado era obispo de Ciudad Juárez, la sede del hipódromo que Gutiérrez Barrios le regaló a “Chema”. Pero las fortalecieron cuando don Juan mudó sus santos oficios a Guadalajara.

Y fue así como con dinero del hipódromo, galgódromo y los casinos, “Chema” y el cardenal tapatío volaron hasta Cuba donde se presentaban ex officio como emisarios entre El Vaticano y Fidel Castro.

Como testimonio ahí está la inauguración del nuevo convento, en donde se presentaron Castro, don Fernando y “Chema” para cortar, con la madre superiora Tekla Famiglietti, el simbólico listón.

Por eso cuando Jorge Carpizo fue acusado con el dedo flamígero del cardenal Sandoval de malograr la investigación del asesinato del cardenal Posadas Ocampo, el procurador general de la República no vaciló en contra acusar.

Y a quien lo quería escuchar le dijo que tanto Guardia como Sandoval lavaban dinero del crimen organizado, en los negocios de apuestas del filantrópico amigo de Castro.

Tan estrecha era la relación entre Fidel y Guardia, que la residencia del mexicano en Contadero sirvió de sede para la cena y el hospedaje de Castro cuando el revolucionario vino a la toma de posesión de Vicente Fox.

Qué distintas la relaciones de los priistas con el comandante, a quien le ofrecían un “Cenas y duermes en mi casa”, a la que tenían los panistas que le marcaron a Fidel el muy foxista “¡Comes y te vas!”