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Una tarde con un productor oaxaqueño de hachís

Arturo Velázquez Hernández

“¿Y tú de dónde vienes?”, me preguntó intrigado pero amigable Don Jaime, un señor y padre de familia de aproximadamente 40 años de edad que alterna sus oficios de taxista y albañil con la venta de hachís, un concentrado que se obtiene de la hoja del cannabis. Nos conocimos mientras vacacionaba en la Sierra Madre de Oaxaca.

Una tarde de enero, cuando el sol se encontraba sobre el cénit y sus rayos resplandecían sobre aquel rostro de tez morena, comenzamos a platicar. Me contaba que hace tiempo conoció a un joven italiano igual de “güero” que yo con el que durante una semana se dedicó a producir casi kilo y medio de hachís. Pensó que por ser foráneo estaría interesado en consumir su producto; aunque lo que en realidad me intrigaba era conocer su trabajo y abundar mis conocimientos sobre la producción de este denominado “chocolate”.

Jaime me contó que caminó más de ocho horas para adentrarse en la Sierra y encontrar un lugar seguro que le permitiera durante una semana producir la cantidad solicitada por el cliente, quien lo acompañó para asegurarse que la mercancía estaría lista y en perfectas condiciones. “Nos dábamos unos toques al tiempo que trabajábamos durante todo el día, y en la caminata de regreso al güero se le hincharon tanto los pies que no le cabían en sus propios zapatos”, recordaba mientras soltaba una carcajada como si ese episodio de su vida acabara de suceder.

Al sentir que me ganaba su confianza le pregunté si pronto produciría hachís, pues mi gusto por la fotografía me incitaba a tener entre mis manos material de una actividad ilegal. “Un gringo —que resultó ser originario de República Checa— me pidió diez gramos para esta misma tarde, pero le dije que le entregaría nada más cinco. Así que no hay pedo, trae tu cámara y aprenderás hasta cómo se hace”, me dijo entre risas.

Hachís o mariguana

Don Jaime prefiere vender hachís en lugar de cualquier otra droga porque es más discreta en tamaño y aroma. En ocasiones ha pensado vender mariguana en lugar de hachís, pero el costo por kilo de la primera es más barato: mil 200 pesos contra 20 mil. La diferencia económica no es la única razón que lo llevan a vender hachís, sino también la falta de un terreno para la producción de mariguana. Además, agregó, el Ejército vigila de manera constante —y vía aérea— la zona.

Nos dirigimos a su casa. Caminábamos por una vereda de terracería que se comparaba a una pendiente de 45 grados de inclinación mientras confesaba una de sus fechorías como si no le afectara la altura ni le hiciera falta el oxígeno del que en ese momento yo carecía. “Una vez moví como cuatro kilos de mota en un taxi. La empaqueté como en ocho bolsas, pero seguía oliendo un chingo. La metí en la cajuela del colectivo y cuando la abrieron para que yo sacara mis cosas el olor se disparó. El conductor se me quedó viendo y le dije: ‘gracias’ al tiempo que salía corriendo pa’ la Sierra”.

El tipo de hachís que Don Jaime haría esa tarde es de polen, uno de los más comerciales. “Primero hay que partir la hierba y ponerla sobre el filtro. Éste ya está medio madreado, pero los venden en Tepito como a 250 pesos el metro cuadrado. Eso sí, para que yo vaya allá está cabrón”, me platicó, después de pedirle un pedazo de cinta a su hija para improvisar un parche sobre su herramienta de trabajo y comenzar el proceso de elaboración del hachís.

Don Jaime tomó una bolsa de súper de donde sacó varias colas de mariguana. Las colocó sobre el filtro parchado y con sus manos comenzó a frotarlas como para desmenuzarlas, proceso que repitió en cuatro ocasiones y durante casi 40 minutos.

Apartó el guarumo (o sobrante de mariguana) para venderlo, o eso fue lo que me dijo. Juntó el polen con una tarjeta y después lo envolvió con servilletas tal y como mi mamá enrolla el cilantro para guardarlo en el refrigerador. “¡Pon a hervir el agua!”, le gritó a su mujer “¡Y tráeme mi suéter!”; mientras tanto ella como toda la familia me observaban fijamente con un aire de desconfianza. Me sentía raro, el extraño en la casa era yo y no la actividad a la que el jefe de familia se dedica.

Tomó el paquete de polen y lo colocó dentro de dos bolsas de plástico que amarró fuertemente asegurando que, al sumergirlo en el agua hirviendo, no se mojase. Calentaba el paquete, lo sacaba del agua y con una especie de prensa aplanadora de tortillas lo aplastaba para después ponerlo nuevamente dentro del agua. El proceso se repetía de dos a tres ocasiones.

Sacó el polen de las bolsas y lo desenvolvió del papel; ya no era el mismo polvo suelto del principio sino una especie de galleta que después cubrió con plástico de cocina para pesarlo en su báscula. Don Jaime, que ya tiene toda la experiencia que el oficio requiere, a ojo de buen cubero hizo 4.9 gramos de hachís de los cinco que se había comprometido a entregar esa tarde.

La verdadera razón

Después de tres horas en casa de Don Jaime ya no me sentía como un extraño. En torno a su mesa de trabajo, tanto él como su esposa me confesaron la verdadera razón por la que se dedican a la producción y venta de hachís.

A principios del 2015 su hijo “el mayor”, de 15 años, tuvo un derrame cerebral en el hemisferio izquierdo del cerebro. “Se nos puso bien mal, dijo su esposa, doña María; los gastos de servicio médico, medicamentos y rehabilitación eran incosteables, por lo que Jaime tuvo que buscar ingresos adicionales a los que les dejaban ser albañil y taxista. Como ellos, cientos de familias oaxaqueñas buscan el sustento diario incluso en actividades ilegales, pues sus ingresos muchas veces son inferiores al costo de los productos de la canasta básica.

Mientras la recuperación de su hijo progresa —pasando de ser diestro a utilizar su mano izquierda, pues dependiendo el hemisferio del cerebro que sufre el daño se debilita el nivel de respuesta muscular en el lado opuesto del cuerpo— el miedo a que los atrapen o a que le suceda algo al jefe de familia es una preocupación constante en doña María. Tras platicar de su hijo y una experiencia familiar similar que yo viví hace unos años, María me platicó que todos los días espera que se legalice la producción y venta de mariguana para que puedan continuar su labor dentro del margen de la ley; no sólo para que su hijo termine de recuperarse, sino también para crear una empresa familiar dedicada a la producción y venta de hachís que provea de empleo a los habitantes de su pueblo. Mientras tanto, ella y Don Jaime seguirán vendiendo clandestinamente el producto de sus manos al refugio del follaje de la sierra oaxaqueña.

VICE México