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México transfóbico: ¿Qué hay detrás del asesinato de una trans?

Los crímenes de transfobia en México aumentan cada año y se ejecutan de las maneras más brutales. Las mujeres trans son perseguidas, golpeadas y fulminadas, sin que exista una cifra oficial sobre estos asesinatos de odio.

Por esa razón, el Centro de Apoyo a las Identidades Trans documenta, a partir de sus posibilidades, los crímenes que encuentra en redes sociales e internet.

Las historias de Cassandra, Oyuki y Fernanda revelan a una sociedad transfóbica que asesina a quienes transgreden las convencionalidades.

VESTIDO DE MUJER

En la fotografía que ilustra la nota del portal web Letra Roja aparece el rostro y torso ensangrentados de una mujer transexual. El cuerpo está tendido sobre el asfalto, con los brazos cruzados y las manos cerradas. La noticia, publicada el 6 de octubre del año pasado, se titula: “A golpes mataron a travesti en Chalco”, y anuncia que “tenía entre 30 y 32 años de edad y estaba vestido como mujer”.

“¡MATÓ A TRAVESTI!”, publicó el periódico La Prensa dos días antes, sobre el mismo caso, y detalló que un “despiadado asesinato fue cometido contra un hombre vestido de mujer, al ser ultimado a golpes”.

Ambas notas afirman que el cadáver fue encontrado cerca del canal de Acapol, en la colonia Ampliación Santa Catarina, en Valle de Chalco, que “se apreciaban hematomas ocasionados por golpes en diferentes partes del cuerpo” y que “agentes de la policía ministerial del Estado de México llevan a cabo las investigaciones para esclarecer el crimen”.

Ninguno de los medios informa que la víctima de este crimen de transfobia se llamaba Fernanda y que acababa de cumplir 27 años.

CASSANDRA I

Cassandra estaba segura de que su hermana no se negaría y le reveló que sus prendas le gustaban, que deseaba verse como ella. “Después le pregunté: ‘¿me prestas tu ropa?’ Y aunque desvió la mirada, sonrió y me respondió que podía escoger la que quisiera”, recuerda hoy Cassandra, más de dos décadas después de aquel primer momento que la redefiniría.

Entonces tenía 15 años y eligió una blusa blanca, una falda tableada, medias y zapatos de tacón bajo. Nadie en la vecindad se enteró de que, por primera vez, salió con vestimenta de mujer a las calles de la colonia La polvorilla, en Iztapalapa.

“Me sentía nerviosísima, pero caminé hacia el festejo en el barrio. Todo iba bien, hasta que una vecina me reconoció. ¡Sentí mucho miedo!”, cuenta Casandra. Estaba segura de que la mujer la delataría ante sus familiares y no sabía cómo iba a enfrentarlos. Para ellos, Cassandra era Leonardo. Al otro día por la tarde comenzó el interrogatorio.

“Mi mamá gritó: ‘¡Me dijeron que eres puto! ¿Es cierto?’. Pensé que me echaría de la casa. No dije nada, sólo recordé lo cruel que había sido mi niñez, cuando mis tíos y primos me gritaban que no caminara como mujer, que no fuera puto”, recuerda. El colmo fue un día cuando, en su afán de “convertirlo en un hombre”, la obligaron a boxear. Cassandra, de siete años, recibía golpes y lloraba. “Me decían: ‘¡qué marica!’, y mi mamá no intervino”.

Cassandra sabía que ella era un niña, pero como todos reprobaban su comportamiento femenino, terminó creyendo que ellos tenían razón. Eso no evitaba que enfrentara a su mamá cuando le compraba algún carro de juguete: “Yo le decía: ‘soy una niña, quiero vestidos, muñecas’ y ella me golpeaba”. Cassandra era la mayor de tres hermanos y, cuando su mamá salía, se ponía zapatillas e improvisaba un vestido con alguna sábana.

“Estudié la primaria y no concluí la secundaria porque el acoso, los insultos y golpes de los compañeros me lo impidieron. Me juntaba con niñas, me comportaba como ellas y me gritaban ‘maricón’, ‘joto’. No me atrevía a contar esto en casa porque sabía que me iría peor”, dice.

Cuando su mamá la cuestionó, al día siguiente de su hazaña, Cassandra negó durante horas haber usado prendas femeninas, “pero la mirada de apoyo de mi hermana me armó de valor y me confesé. Le dije: ‘sí, me siento bien vestido de mujer y me gustan los hombres. Si piensas que no está bien, puedo irme de tu casa'”.

VESTIDO DE HOMBRE

Cassandra recuerda que la hermana de Fernanda —la mujer transexual asesinada en Valle de Chalco— dijo que agradecía la visita, pero no estaba interesada en la propuesta.

Tres integrantes de la organización Centro de Apoyo a las Identidades Trans (CAIT), entre ellos Cassandra, acudieron al domicilio de la familia de Fernanda, un día después del sepelio, con la intención de ofrecer asesoría legal y seguimiento al caso. Cassandra cuenta que la hermana salió a la puerta de la entrada de la vecindad. “Su única respuesta fue: ‘mejor no'”, dice.

Las activistas del CAIT, indica Cassandra, se enteraron del crimen de transfobia vía internet, cuando una de sus compañeras posteó la noticia en Facebook. “De inmediato contactamos a transexuales que colaboran con la organización y viven en la zona donde se cometió el crimen. Ellas investigaron y sí, era cierto”.

Las trans que la conocían contaron al CAIT que Fernanda era una mujer transexual que un par de años antes de ser asesinada se dedicaba a cortar el cabello. Harta de los golpes y agresiones de sus hermanos, de los reproches del resto de los familiares porque se identificaba como mujer trans, huyó de su casa y alquiló un cuarto en la misma zona. Al poco tiempo, la depresión la alejó de su trabajo y la llevó a una dependencia al alcohol y drogas. Para solventar su adicción, comenzó a ejercer el trabajo sexual en una pulquería en Valle de Chalco.

La última vez que sus compañeras de trabajo la vieron, Fernanda salió del negocio en la madrugada, acompañada de dos sujetos. Los tres subieron a una camioneta. Algunas horas después, su cuerpo fue encontrado cerca del canal de Acapol.

La policía dice que a Fernanda la golpearon con una piedra en la cabeza y la asfixiaron.

Fernanda medía 1.75 y era delgada. Tenía el cabello chino y lo teñía de rubio. Meses antes de que la asesinaran, asistió a un taller de prevención de enfermedades del CAIT y Cassandra, quien lo impartía, recuerda que, en las sesiones, la joven participaba con regularidad. “Una vez me dijo que ya le había caído el veinte, que usaría más el condón. Para ella era difícil, pues compraba droga o condones”, cuenta.

A Fernanda la sepultaron como Fernando, vestida de traje masculino. “Es una cuestión ideológica familiar, que es respetable, pero ella se definía como mujer transexual”, opina Cassandra.

Los del CAIT buscaron a su familia con la intención de ofrecer apoyo en la presión al Ministerio Público para encontrar a los culpables del crimen de transfobia y no dejarlo pasar, como sucede con otros casos similares. Un hermano y una hermana de Fernanda los escucharon. El primero no habló. “Ella dijo que no querían hacer nada, nosotros respondimos que podía resolverse, si podíamos hablar con alguien más”, recuerda Cassandra.

La mujer afirmó que lo consultaría con sus hermanos. “Dimos nuestros datos, pero ha pasado casi un año y jamás se comunicaron”, dice Cassandra y agrega: “situaciones iguales hemos visto en Veracruz, Puebla, en Coahuila, donde recientemente mataron a una reina de belleza. A principios de este año, una trabajadora sexual fue asesinada en la Colonia Obrera, en la Ciudad de México. Esto, por decir algo. Los casos ocurren a cada rato”.

VICE México