Opinión

El dañino 68

La del 2 de octubre de 1968 es sin duda una de las heridas históricas que más daño le han hecho a México. Tanto que hoy, 48 años después, todavía cobra muy caras sus facturas.

Es difícil negar que lo que sucedió aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas fue una represión de Estado.

Se diga lo que se diga, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, operado por Luis Echeverría y por Fernando Gutiérrez Barrios, urdieron el aplastamiento de lo que vendieron a Estados Unidos como una insurrección comunista desde la aulas universitarias.

Desde sus posiciones como agentes de la CIA –claves Litempo 8 y Litempo 14- el entonces Presidente y su  secretario de Gobernación usaron la represión para conseguir el beneplácito norteamericano a la candidatura presidencial para Echeverría.

Por eso cuando el hombre de la guayabera llegó a Palacio Nacional, el remordimiento de conciencia era tal que buscó a cualquier precio congraciarse con los jóvenes a los que reprimió.

Tanto que llevó a muchos de ellos a ocupar posiciones claves en su gobierno, pidiéndoles que hicieran su “revolución” desde adentro de las instituciones. Y el de Echeverría se volvió un gobierno de confrontación.

Tenía que demostrar que no era un gobernante al servicio ni de la CIA ni del gran capital. Por eso a mitad de su sexenio se inició la ola estatizadora de empresas y de tierras agrícolas. Por eso alentó desde su discurso los radicalismos de la “clandestina” Liga 23 de Septiembre. Por eso su gobierno acabó odiado y devaluado.

A partir de entonces los mexicanos pagamos eterna y permanentemente las facturas de las represiones estudiantiles.

Somos una de las muy pocas naciones con una muy mal entendida autonomía universitaria, otorgada como graciosa concesión de Echeverría para lavar su conciencia ante los universitarios que reprimió.

Una autonomía que se asoma no en buscar los mejores estándares académicos de clase mundial, sino en defender cotos de poder presupuestal en donde se imponen agendas de grupúsculos que por décadas regentean las universidades nacionales.

El resultado es –en general– una muy pobre calidad en la educación superior a la que ningún experto nacional o extranjero puede cuestionar, mucho menos proponer su mejora, so pena de que se denuncie como vulnerador de la autonomía.

Insistimos, ¿imaginan a los directivos de Harvard, Yale, Stanford, la London School of Economics, sometiendo a consideración de sus alumnos los planes de estudio para su aprobación?

La otra resaca del 2 de octubre es la de la inmovilidad de las autoridades frente a las marchas populares, convertidas hoy en el negocio de unos cuantos que hacen de los bloqueos su modus vivendi.

Pero como toda autoridad ve en el sometimiento de una marcha la posibilidad de otro 2 de octubre, aceptan que los derechos de terceros sean pisoteados por algunos cientos que, bajo siglas de el SME, la CNTE o Ayotzinapa, desquician metrópolis y lesionan la economía local.

Por eso, mientras en México no nos decidamos a sepultar El Síndrome del 68 los gobiernos no dejarán de ser cortos y  pequeños, pusilánimes al servicio de quienes desde hace 48 años les tienen bien tomada la medida.